miércoles, 18 de octubre de 2017

ESTO NO PUEDE VOLVER A PASAR (1)

Galicia está de luto. Se ha vestido de negro lo que siempre fue verde.  El paisaje se hace ahora de campos y bosques que oscurecen la mirada, de ríos y fuentes de ceniza. Dante no encontraría mejor escenario para su infierno imaginado.
   Pareciera que tuvieran voz los árboles, pero sólo crepitaban, abrasados, como pidiendo un auxilio que les llegaría tarde. Y ardía como yesca la hierba, que esperaba lluvia tras larga sequía.
   Fue el día del fin del mundo para infinidad de animales. Muchos, más lentos que las llamas, no consiguieron escapar a su acoso, por más que se arrastraran, o corrieran, o volaran. Los que no perecieron sorprendidos por el fuego y quisieron huirlo se ahogaron en la humareda que, como maléfica niebla, los envolvía, sin prestarles humedad u oxígeno.
   Y estaba, también, la gente. En medio de la tea gigantesca que enrojecía la noche, cercados por el fuego, emprendían los vecinos escapadas de final incierto; veían cómo se rompían sus biografías, hechas de tiempo y de trabajo; cómo, tras de sí, perdían todo lo que hasta entonces había sido suyo. O se lo disputaban a la voracidad del incendio, codo con codo con mermados y esforzados  servicios de extinción, o solos, si no llegaban a donde ellos. Con calderos y mangueras, con escobones y palas y azadas, fueron  David contra un Goliat que se multiplicara azuzado por el viento.
   ¿Cuánto costará reparar este desastre? (y nadie devolverá la vida a cuatro personas que murieron). A buen seguro, muchísimo más que lo que habría supuesto prevenirlo.

   ¿Por qué no se hizo, entonces?

viernes, 13 de octubre de 2017

DE TRASHUMANCIA

Detengo un caminar que se hace de buen paso, no por recuperar el aliento, aunque se me haya acelerado la respiración, sino por mirar atrás. Sólo demoro la parada un instante, y enseguida vuelvo a las andadas, que es ir deprisa, deprisa. Si me quedo quieto, así sea unos segundos, una manada de vacas, que unos metros tras de mí ocupa todo el frente de la vereda, amenaza con venírseme encima. Reses que brillan de puro lustrosas, avanzan casi corriendo. En la negrura avileña de su estampa se destaca una cornamenta blanca y larga, tan afilada como si estuviera hecha exclusivamente para la herida.
   Quisiera que fuese respeto lo que me infunden, pero es que meten miedo a mi ser de urbanita bisoño en estos lances. Y eso que esta aventura no me la he encontrado, que he venido a ella exprofeso.
   La partida se hizo recién nacida la mañana y acumulan las pezuñas del rebaño una veintena de kilómetros cuando nos incorporamos a la marcha. Estamos descansados, pero nos hemos perdido las migas a la usanza extremeña que hubo en el desayuno campero. Vienen de donde el arco romano de Cáparra y con ellos nos dirigimos a las inmediaciones del pueblo judío de Hervás. Somos como actores que interpretaran el papel de pastores en ciernes.
   A un lado y otro de la cañada, el sol asfixia la hierba que fue. En el paisaje abrasado, sólo en los árboles se refugia el verde. Vaqueros de verdad, que van a pie o a bordo de tres o cuatro todoterrenos nos van colocando a los neófitos donde se abre una bifurcación en el carril o ante un espacio sin vallado de protección. Está la vía pecuaria muy deteriorada y hemos de evitar que el ganado se nos vaya de la ruta.
   Yo pruebo a conminar a los cuadrúpedos con la mirada, sin mucho aspaviento, aparentando un aplomo y unas dotes de mando que estoy lejos de poseer. En un momento dado, por guardar distancias con esa masa oscura que acaso ni repare en mí, retrocedo un poco y casi me ensarto en unas zarzamoras que tengo a la espalda.    
   Una vaca revirada burla nuestras medidas precautorias y abandona a sus congéneres para lanzarse a la aventura. Rebasa la línea que trazan nuestros cuerpos y se interna en un olivar, donde experimenta la sensación de libertad. Entonces entiendo por qué nos acompaña un jinete. Pronto galopa a la par de la rebelde y no ceja en la persecución hasta que consigue devolverla con los suyos. Lo más curioso, sin embargo, es lo que me sucede a mí, que, sin encomendarme a dios ni al diablo, ni pensarlo, salgo disparado, blandiendo un bastón y voceando interjectivamente al animal díscolo. En aras a la verdad, estoy por apostar que, dado el espacio que nos separaba, no se dio por enterada de mi enfado, ni, afortunadamente, enfrentó su determinación a la mía.
   De cuando en cuando, una carretera parte en dos la cañada. Mientras el rebaño cruza el asfalto, cortamos el tráfico, sin que se oiga un claxon de impaciencia o una queja. A todo lo más, nos encara una mirada curiosa, que revela a la gente venida de otros pagos. Si se fija en mí, tal vez, en el mejor de los casos, no sepa a qué carta quedarse, en cuanto a mi condición extemporánea de pastor.
   Llegamos a destino cuando ya pasan de las tres de la tarde. Las reses comen de un pasto seco y amarillo, y nosotros de una paella del mismo color, obsequio del mayoral, que sabe a gloria. A la sombra de una encina, pienso, no obstante, que el verdadero regalo fue habernos permitido vivir esta experiencia. 

viernes, 6 de octubre de 2017

CLAMOREO DE CIERVOS

Atardece en las dehesas de Monfragüe. Hace rato que el sol de finales de septiembre ha dejado de arrancar tonalidades rojizas a los alcornoques. Sus troncos descorchados  ya no semejan llamaradas en medio de un campo sin lluvia. Apenas son ahora distinguibles de sus vecinas las encinas. Muy al fondo, el llano se torna serranía. Los árboles, que se aclaraban en la planicie para dar una oportunidad al pasto, se aprietan sin que quede espacio para un respiro.
   El paisaje, de pura quietud, parece pintado. También yo, y no por una suerte de extraña mímesis. Condiciona mi estatismo la atención con que miro y, sobre todo, el silencio que me impongo por que no se me escape un ruido, y que estorbaría cualquier movimiento, por mínimo que fuera.
   Se oyen voces poderosas, que vienen de todas partes. Aquí y allá, rompen el anochecer gargantas que no temen despellejarse en su empeño por gritar más alto. El monte entero resuena como un eco multiplicado, un coro extraño, cuyos componentes no cantaran al unísono. Al bramido de un astado en celo sucede otro, que lo replica.
   Son sonidos guturales, oscuros, tan duros como si salieran de los canchos de granito que sobresalen en el cordal que dibujan las cumbres. Duran poco, pero compensa su brevedad la reiteración y el volumen con que se emiten. Un ciervo laringítico se esfuerza por no faltar al concierto, aun a riesgo de quedarse mudo. Y, entre la barahúnda, me sobresalta un como ladrido de solo tono, o tosido de  perro gigante, como si fuera a salirle y no le saliera berrear.
   Se dirían esos mugidos en su cadencia lamentos, cuando son pura expresión de fuerza y dominio, como embestidas acústicas, que midieran a distancia el poderío de la filigrana afilada de las cuernas, sin necesidad de llegar a las manos. Está lleno el aire de desafíos.
   Otorgaría quien callara. Nadie disimula, ni saca ventaja del silencio. Ninguno de estos machos quiere pasar desapercibido y obtener ganancia de no ser notado. Antes bien, se trata, en buena lid, de hacerse presente y sobreponerse al adversario, de advertir de su control sobre un harén y un territorio. Y, de paso, de regalarnos un espectáculo de los que no se olvidan.

martes, 3 de octubre de 2017

MI REPULSA

No se resuelven los conflictos como el de Cataluña a porrazos, ni con pelotas de goma, violentamente. Lo sucedido el pasado domingo merece repulsa y condena, sin paliativos. También una exigencia de responsabilidades. ¿Quién pudo ordenar semejante disparate? No se apaga un incendio con gasolina.
   El Partido Popular metió la pata una vez más. Ya lo hizo cuando, recurso al Constitucional mediante, tumbó el nuevo Estatut. Nada le importó que hubiese sido aprobado por el Parlament ni su refrendo por la población catalana o su paso por el Congreso de los Diputados. A ello siguió la inacción y falta de diálogo y negociación durante sus años de gobierno.
   Y ahora, esto…


Adenda: Lo dicho anteriormente no debe considerarse un apoyo a los planteamientos del Govern de la Generalitat y su mayoría parlamentaria. Una cosa es rechazar la represión y la política del PP y otra dar por válida la convocatoria de un referéndum sin garantías, el ninguneo de la oposición, el menosprecio de la mitad de los catalanes. O, ya sería el colmo que lo hicieran, una declaración unilateral de independencia. 

martes, 26 de septiembre de 2017

MICRORRELATOS (VIII)


Suena a contradictorio, pero me gustan los desenlaces que son a un tiempo previsibles e impredecibles. Surgen como piruetas inesperadas que, curiosamente, una vez conocidos, nos parecen tan lógicos que casi no podrían ser otros. En los microrrelatos, el componente sorpresivo es aún mayor: una sola frase quiebra un argumento mínimo y le pone punto final.  


El aire jugó un instante a ser viento y le arremolinó la falda. Al levantar la vista, los ojos de la chica encontraron a los del muchacho que la miraba. Era él quien se había puesto colorado.

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El cliente preguntó al camarero qué era el raxo, porque estaba en Galicia y ese nombre bautizaba, en la carta, un plato. Al interpelado le pareció que una imagen valía mil palabras: “Viene siendo esta parte de aquí”, respondió, señalando, sobre su propio cuerpo, el lomo. El comensal en ciernes pasó página apresuradamente. No era antropófago.

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Entreabrió los ojos a la luz y como si no, porque en torno sólo había negrura. Dejó que transcurriera un tiempo para que llegara el día. No fue hasta mucho después  cuando se dio cuenta de que la ceguera había entrado en sus pupilas.

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De un bocado, engulló la carnada el pez. Se cimbreó entonces violentamente la caña, como si se entregara a una danza alocada que no obedeciera a norma alguna. El pescador maldijo el hambre del animal, que en aquel momento identificó con la gula. Le había arrebatado el dolce far niente en que se había instalado.

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En busca de inspiración, un novelista leyó cuanto llegó a sus manos de un crimen real y de autoría desconocida. Luego, se puso a escribir un thriller. Resultó un relato  verosímil, que fue muy celebrado. Con lo que no contaba era que policías aficionados al género negro se presentaran en su domicilio y trajeran una orden de arresto. ¡Era tan convincente la trama que había urdido que venían a cerrar el caso!

lunes, 11 de septiembre de 2017

DE CENIZOS Y TEATRO

Fue una tarde de invierno de hace mucho, y, para mi pesar, el episodio duró un buen espacio de tiempo. Iba al frente de unos cuarenta estudiantes de entre 16 y 18 años a los que sus ganas y mi empeño convertirían en actores. Estábamos en las horas previas al estreno de “Érase una vez la televisión”, una parodia de la programación de la pequeña pantalla que no excluía a los televidentes. Ensayábamos y a mi alrededor todo era una algarabía de nervios, de voces que constataban faltas y reclamaban la presencia de los ausentes, de correcciones últimas y de risas.
   De entre aquel maremágnum se vinieron hacia donde yo estaba tres integrantes del elenco. Por atenderlos, tuve que distraer la atención del escenario, donde parte del grupo se esforzaba en encarnar a los personajes del capítulo mil quinientos de una telenovela muy melodramática y a un supuesto espectador que, conmovido, se enjugaba las lágrimas con una sábana, de copioso que era su llanto. Hube de aguzar el oído para que me llegase su voz.
-         ¿Tú crees que va a salir algo de aquí?
    Entendí perfectamente que se trataba de una interrogación retórica, de esas que no precisan de respuesta. La contestación ya la tenían ellos. Pero yo hice como si no.
-         ¡Claro! –dije con convencimiento, a sabiendas de que contravenía su opinión.
   Me miraron con una desconfianza infinita, y esta vez abandonaron el circunloquio y se dejaron de preguntas que no preguntaban. Sus palabras sonaron lúgubres, más que como predicción, como sentencia inapelable.
-         Será un desastre -dictaminaron sucintamente, reafirmándose en sus agoreros vaticinios.
   Sólo les restó añadir que yo los había conducido a la debacle que nos aguardaba. Y, ciertamente, en eso, de producirse, no les faltaría razón. Yo había fijado la fecha de la actuación y, además, había buscado para el estreno una localidad que no era la nuestra. Ni familiares, ni compañeros, ni amigos iban a disculpar nuestros fallos. Aunque, ciertamente, yo esperaba que, de haberlos, fueran eclipsados por los aciertos.
-         Quedará bien, ya veréis –les repliqué. Y di por concluido un diálogo que sólo podía aportarme desazón.
   A punto estuve, si es que no lo hice, no lo recuerdo, de dictarles una orden de alejamiento, que les impidiera acercárseme hasta donde pudiera oírlos. Y evité también encarar en lo posible sus rostros enfurruñados. “Tienen miedo escénico”, pensé, quién sabe si por disculpar su prevención o por que no minaran mi propia autoconfianza. Con todo, reconozco que algo mal sí lo pasé. Luego, cuando dio comienzo la función, y a medida que se desarrollaba, miré a las caras del público y los vi reír con ganas, por un instante elucubré sobre los males que trae consigo el pesimismo. Máxime si, además, quienes lo padecen representan, como fue el caso, espléndidamente sus papeles.

   Allí aprendí algo que posteriores experiencias habían de corroborar. A veces, en el teatro lo más difícil no es dirigir, aunque se ejerza de director.

lunes, 28 de agosto de 2017

MÁS QUE UN ABRAZO

Que un hombre y una mujer, vestidos ambos a la usanza occidental, se fundan en un  abrazo y compartan lágrimas con alguien a quien sus ropajes señalan como musulmán, ya sería de por sí destacable en estos días convulsos. Transmite un mensaje fraterno, de unidad, tras los atentados de Barcelona y Cambrils. Cobra aún mayor relieve cuando se conoce  la identidad de los protagonistas. La pareja son los padres de Xavi, un niño de tres años, que fue uno de los que perecieron en el atentado de La Rambla el jueves 17 de agosto. El otro es Dris Salym, imán en una mezquita de Rubi. La imagen está tomada durante una concentración de repulsa y de solidaridad, que congregó a unos setecientos vecinos, a los que se ve aplaudir.
   Están diciendo al mundo que no es el islam quien mata. Se lo dicen al Estado Islámico, para quien sería un regalo que nos dividiésemos en dos bloques, que considerásemos enemigos a los millones de seguidores de esa fe. ¿Imagináis lo que pensarán los del ISIS al ver esa fotografía? Se aviene tan mal con sus planes… Los condena al ostracismo, los aísla, los deja donde tienen que estar, solos, y, por ende, vulnerables.
   Qué más quisieran, que su crimen sirviese para que se señalase a la comunidad musulmana con dedo acusador, haciendo que pagasen justos por pecadores, propiciando sentimientos de exclusión y hostilidad mutua.
   No son los únicos que se llevarán las manos a la cabeza en señal de disgusto ante esa imagen. A rebufo del brutal atentado, se multiplican en nuestra sociedad actitudes y discursos islamófobos, con alguna agresión incluida. A menudo asoma detrás la torva faz de grupos extremistas de derecha.
   Pero esas reacciones alcanzan también a sectores de la población que, sin simpatía por esos ultras, se dejan llevar por sentimientos primarios. No se detienen a pensar. Si así lo hicieran, verían que bombas o atropellos masivos no distinguen de culturas cuando matan. Más aún: si así es en nuestro suelo, qué no sucede en África o en Asia, donde los musulmanes damnificados por el Daesh o sus secuaces se cuentan por millares.
   Es injusto culpar de la barbarie a quienes también la padecen. Y además, peligroso. Desenfocando el objetivo –los terroristas- éste se vuelve más ilocalizable. Y al culpabilizar a toda una creencia, se pierden entre sus fieles aliados para combatirlo, tal vez se favorezca incluso que algunos, resentidos, se sumen a las filas del odio y la sinrazón.

   Hay mucho de humanidad en ese abrazo. Pero también de lección. Gracias.