martes, 13 de febrero de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (12): ANÉCDOTA EN LA CALLE CORRIENTES

No pensaba irme de Buenos Aires sin verla. Había oído hablar tanto de esa avenida que su andadura sería para mí como pasear por un sitio ya conocido. Pero quería verificar que la idea que me había hecho de ella se correspondía con la realidad. Olvidaba, sin embargo, que la liebre salta donde menos se la espera. Y así sucedió, que la calle Corrientes me deparó una sorpresa no incluida en mis expectativas.
   No fue que, según avanzaba, dejara atrás un teatro tras otro, y que su número sobrepasase todo cálculo. Tampoco me asombró la inimaginable cantidad de librerías que abrían sus puertas a lectores potenciales, ni que fueran en buena parte de viejo, y tan amplias que no bastaría una vida para ojear (menos aún, para hojear) sus existencias. Ni me causó pasmo mirar al suelo y encontrarme un paseo de la fama con sus estrellas, cual si caminase por Los Ángeles. Entraba dentro de lo previsible todo ello, por ya sabido, como también que cada poco me toparía con una pizzería o un café, y la diversidad de estilos de los edificios, y el tráfago de autos en la calzada y el bullicio de los peatones, que éramos incontables.
   Había visto, de pasada, plantificado en la acera, un sillón de barbero de los de antes. Parecía una invitación muda a viandantes sin afeitar o con excesiva cabellera para que lo ocupasen, en disposición de aguardar a que el orondo peluquero que está al lado los adecentase. Luego de dedicarle una mirada fugaz, pasé ante otra escultura sin detenerme, pero unos metros después me paré. Mi subconsciente acababa de advertirme que, en primera instancia, algo, con suficiente entidad como para llamar mi atención, me había pasado desapercibido. En su busca, desanduve el camino andado.
  Enseguida llegué ante una mesa, no pequeña, tras la que se sentaba un individuo con gafas, que fumaba un puro. Reparé en su cara redondeada y su flequillo, que le cubría parte de la frente. Vestía un traje sin mácula, que brillaba, y lucía pajarita. Acercaba a  boca y oreja uno de los cuatro teléfonos de escritorio que tenía ante sí, porque algo decía o escuchaba, ajeno al tráfico que a sus espaldas era intenso o a la muchedumbre que transitaba ante él.
   Por aquellos días principiaba noviembre de 2017, y Puigdemont, el que había sido presidente de la Generalitat, había puesto pies en polvorosa y había ido a dar a Bélgica. Por un momento quise pensar que me había equivocado de país, y hasta de continente, y que estaba en Bruselas, y no en Buenos Aires, y me admiró la habilidad del exmandatario catalán, que había conseguido que los nacionalistas flamencos le erigiesen una estatua. Era un sueño más de la razón, ya lo sé, que a veces produce monstruos. Pero el parecido me resultaba verdaderamente asombroso... 

lunes, 5 de febrero de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (11): PUERTO MADERO

En pleno Buenos Aires, está este puerto. No pone coto a un océano, no es un mar el que le traería barcos. Se trata de un brazo de agua que, salvando esclusas, podrían navegar buques que vinieran del río de la Plata, que se adivina ahí mismo. Lo que fue dársena es hoy epicentro del barrio más moderno y caro de la ciudad.
   De su función como muelle, poco queda. Quizás tan sólo el nombre y unas grúas amarillas que, asentadas sobre bases rojas, y espaciadas, parecen más elemento ornamental o evocador que auxiliar para el llenado o vaciado de las bodegas de los cargueros. Son como garzas del tiempo de los dinosaurios, cuyo tamaño no disminuyera un ápice la finura y la elegancia que son consustanciales a esas aves. Como ellas, reflejan su inmovilidad en la superficie acuática. Por un momento, casi espero que esa calma se rompa al paso de un pez que arponear con el poderoso pico. Cuando, debajo de una de esas máquinas, mido su altura con la vista, descubro en la cúspide un nido que, por sus dimensiones, me recuerda los de las cigüeñas que soportan los tejados de nuestras iglesias. Durante largos minutos, desoyendo las llamadas de mi estómago, que me advierte de que se está yendo la hora de comer, soy espía de ese refugio. Quisiera saber de sus ocupantes, que por fuerza han de ser pájaros bien grandes. Anima mi curiosidad que sea, muy a principios de noviembre, primavera en Argentina.
   Lo veo desde el puente de la Mujer, obra de Calatrava, que se inspira en una pareja que baila un tango. Antiguos edificios portuarios orlan las márgenes del canal. Pero ya no son lo que fueron. Remodelados con mimo, ofrecen ahora servicios muy distintos a los de antaño, mayormente orientados a satisfacer el paladar, si son bajos, o de habitar instalados en el lujo, si viviendas. Tal vez la imaginación se me dispare, pero veo en ellos detalles que me recuerdan el mundo marino. Formas y colores rinden, más allá de su utilidad, tributo a la estética.
   Tampoco el velero fondeado en aguas de escaso calado conserva la función que le fue propia en el pasado. La fragata Sarmiento ha trocado su papel de buque insignia de la Armada por el de museo de navegación. Puerto Madero parece ejemplificar ante nuestros ojos esa máxima filosófica que nos enseñó la escuela y corrobora la vida, donde  nada es y todo cambia.
   Lo que más me sorprendió de este lugar fue Nueva York. Pensaréis que se me ha ido la cabeza o que mis nociones de geografía trastabillan, llevándome al disparate de contravenir el título de esta serie, que sitúa mis andanzas, lejos de EE UU,  en Argentina. Pero talmente es como si hubiera venido a dar a los aledaños de esta zona un retazo de la Gran Manzana. En un punto próximo, se elevan construcciones que rascan el cielo y juegan con la geometría en sus diseños. Son como una agrupación insólita de torres vigía que, en vez de controlar al enemigo, se satisficiesen en tener el mundo a sus pies. Quizás ignoren, en tal caso, que ellos mismos se constituyen en espectáculo: un sitio desde el que mirar que reclama miradas.

domingo, 28 de enero de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (10): UNA CATEDRAL DISPAREJA

De pronto, dejé de encarar la Casa Rosada, sede del Gobierno argentino, que sí estaba pintada con ese color, que la leyenda hace venir de la mezcla de  cal y sangre bovina, los colores de dos partidos enfrentados y finalmente reconciliados.
   Había oído pasos acompasados detrás de mí y me giré por ver quiénes se desplazaban con tanta sincronía. Todo el mundo miraba a donde yo lo hice.
   Eran cinco granaderos y por un momento pensé que habían salido de alguna exposición de soldaditos de plomo. Marchaban marcialmente, aunque se les hiciera difícil. No debe ser tarea fácil mantener el tipo entre tantos como huroneábamos por la bonaerense plaza de Mayo sin orden ni concierto, la mayoría con el solo propósito de fotografiarlo todo. Pero ellos no descomponían la figura y hasta cuando se toparon con un semáforo en rojo sostuvieron la formación.
    Iban uniformados en azul marino, con sombrero de visera ribeteado en amarillo, del que pendían unas borlas tan rojas como los entorchados en los hombros o la línea del pantalón. Una franja les atravesaba, oblicua, el pecho, y era blanca, igual que los guantes. Remataba la composición un sable que adosaban a un costado.
   Daban ganas de despejarles el camino, de advertir a la gente de su presencia, para que les cediera paso. Pero, aunque lo intentara, no podría, pues ignoraba adónde se dirigían. Así que opté por sumarme a quienes los seguían, que no eran pocos. Y de esa manera acabé ante la fachada de lo que semejaba ser un monumento griego con doce columnas, número que, según supe después, no por casualidad coincidía con el de los apóstoles. Ilustraba el tímpano un bajorrelieve bíblico, y la llama de una lámpara votiva ardía en un lugar del muro.
   En pos del pequeño destacamento militar, entré en el edificio. Aquélla iba a ser la mañana de las grandes sorpresas. Porque en el escaso tiempo que me llevó traspasar la puerta fue como si hubieran transcurrido siglos. De lo que por fuera parecía un Partenón pasé al interior de una catedral católica a la que no le faltaba de nada. Vivamente impresionado por lo que tenía ante mí, perdí de vista a mis improvisados guías.
   Los ojos se me fueron hacia la bóveda de cañón corrido, y aún ascendió la mirada hasta donde una cúpula ahondaba la altura. Arcos gigantescos abrían paso desde la nave principal a las laterales El sol se adentraba en el templo y teñía de amarillo las zonas de arriba, o quizás sólo reforzaba el que era ya su color.
   Entorné la cara por descansar el cuello y me encuentro con que el suelo que piso está recubierto de un mosaico veneciano. Infinidad de trozos diminutos se ensamblan para recrear la vista con motivos florales. Muy al fondo, un altar dorado y curvilíneo lo preside todo, y sufre la crucifixión un Cristo policromado, de madera de algarrobo.
   Me embarga una gozosa sensación de limpieza espacial. La considerable altura y la amplitud, la luz y el vacío hacen que me sienta un espíritu libre.

   Mis soldaditos de plomo me aguardan, sin mover una ceja, ante un mausoleo. Montan guardia junto a un sarcófago oscuro, que descansa sobre mármol rojo. Talladas en blanco, lo rodean figuras femeninas, que son Argentina, Chile y Perú: aquí se honra al General San Martín, libertador de las Américas. Fin del misterio.  

martes, 9 de enero de 2018

LA ARGENTINA QUE VI (9): CAFÉ TORTONI

Pasa la gente por la avenida de Mayo, en el centro de Buenos Aires. En las inmediaciones de su número 825, los viandantes sortean a un grupo que forma cola. Pregunto a los últimos y cuando me confirman que esperan turno para entrar en el café Tortoni, engrosamos la fila.
   Quienes nos preceden son una pareja entrada en años. Por su acento, nótaseyos muncho que son asturianos. Hablan entre sí del robo que sufrieron ayer. La mujer  advirtió cómo  un desconocido le ponía la mano sobre el hombro a su marido y pensó, por cómo tiraba de él, que se trataba de un policía que inexplicablemente quería llevárselo detenido. Sólo cuando vio a su cónyuge caer al suelo, y que el ratero escapaba con su bolso de mano, se dio cuenta de su error. El damnificado se queja de que aún se encuentra dolorido. Sin embargo, no hay enfado en sus voces. Incluso se toman con humor la confusión de la señora.
   Una bandada de bachilleres en ciernes irrumpe en la escena y se aposenta ante el Tortoni. Su monitor dialoga con quienes custodian el acceso y las puertas se les abren. Desde la acera, la realidad se vuelve virtual en las cámaras de sus móviles. Hecha la foto, se van entre risas y parloteos adolescentes. No será hasta que lleguen a sus casas cuando, en diferido, admirarán el interior del café.
   Nos toca, al fin, dejar la calle, y nada más traspasar el umbral es como si diésemos un salto atrás en el tiempo. Todo parece impregnado de una pátina decimonónica. Si algo desentona aquí, somos nosotros. Dominado por un repentino arrebato, esteticista y romántico, pienso que tendrían que exigirnos, para penetrar en este arcano universo, que nos transformásemos. Deberíamos lucir vestuario de época y hacer gala de unos modales igualmente exquisitos, y así tal vez no chocaríamos con el entorno, ni con quienes en el pasado formaron parte de él.
   Veo a una turista repantigarse en un asiento que ha tomado por asalto, los pies desmañadamente apoyados en la silla que tiene enfrente, y me dan ganas de decirle que un respeto, por favor. Que Rubinstein tocó aquí el piano, y que Einstein también estuvo, y Federico García Lorca, que no podía saber que no vería el estreno de La casa de Bernarda Alba porque los franquistas lo matarían; y Pirandello y sus personajes en busca de autor, y Carlos Gardel que en este mismo lugar cantó para él; y Alfonsina Storni, antes de internarse a nado en el río de La Plata para poner fin a sus días. Y el inevitable Borges, y un inesperado Ortega y Gasset, y, y, y.
   Pero no digo nada, seducido por lo que parece la catedral de todos los cafés posibles, o su Versalles.  Los ojos no dan abasto para abarcar tanta magnificencia. Me fije en donde me fije, me puede el asombro. Las sillas se tallaron en roble y las mesas son de la misma madera oscura, y las remata un mármol veteado en verde. Se disponen en dos hileras y debemos mirar profundo y entre columnas corintias para vislumbrar hasta dónde llegan, que la perspectiva se vuelve lejana. Y todavía, como si no bastara,  multiplican el espacio espejos y un arco, muy al fondo, abre paso a un nuevo salón.
   La vista se recrea en las vidrieras del techo, ilustradas de filigranas áureas. Las paredes se convierten en paneles de una galería de arte infinita, tan cuajadas de cuadros que admirar sus dibujos o sus pinturas, de personajes o de paisajes, desbordaría cualquier disponibilidad horaria. Hay bustos en repisas, y un mostrador señorial, y hasta, en un recodo, un escenario. Todo lo baña una luz tenue y amarillenta, que viene de lámparas o apliques.
   Cuando salgo del local, no puedo creer que no me lo haya inventado. Sólo la cola que aguarda fuera me convence de que es real lo que dejo atrás. 

domingo, 31 de diciembre de 2017

LA ARGENTINA QUE VI (8)): EL TEATRO COLÓN

Venía en el grupo de visitantes –escaso, cabíamos en un palco- un invidente. Lo observé nada más iniciar nuestro periplo por el teatro Colón. Estaba palpando con suma delicadeza una maqueta expuesta en la enorme antesala que nos recibió. Parecía ver con las manos. Nada más ponernos en marcha, me llegaron los ecos de su bastón tanteando el suelo suavemente, como si quisiera no hacerse notar en aquel templo dedicado a la ópera, a la danza, a la música. Al principio, me preguntaba qué sacaría él en claro del recorrido, con qué se quedaría. Luego resultó ser, con diferencia, de entre nosotros, el  mejor conocedor del teatro, tal vez con la excepción de quien nos conducía. Hacía comentarios sabios, formulaba interrogantes que denotaban cuán docto era, más que aprender parecía enseñar. Recordé, entonces, que hay muchas formas de acercarse a la realidad, de ir al encuentro del fondo de las cosas.
   ¡Y qué cosas…! Siento mi pequeñez donde todo es inmensidad. Mientras subo escalinatas o camino entre columnas de mármol de diversos colores y procedencias, y vislumbro  de pasada ampulosos salones, voy haciendo un ejercicio de imaginación. Desde los corredores de arriba o desde sus balconadas, se puede mirar a los de abajo o ser visto por ellos. Aquí se escenifica  una obra sin argumento, cuyos motivos son encuentros y desencuentros, la presunción y la soberbia, la admiración o la envidia. Las grandes pasiones cuentan, ya antes de entrar en la sala de espectáculos, con su representación, y es (y era) el público quien la protagoniza.   
   En el teatro propiamente dicho, todo está en penumbra, y nos lo habían advertido, pues es momento de poner a punto luz y sonido para una próxima actuación. Hablamos bajo, que este espacio es mundialmente famoso por su acústica, y no es cuestión de interferir en las voces que, desde el escenario, para hablar, están cantando.
   Enseguida nos damos cuenta de que la magnificencia no se ha quedado fuera de la sala. También en ella es como si no existiera el sentido de la medida, si no fuera para sobrepasarlo. Son siete plantas  las que vuelan sobre la platea, y el escenario, de abrirse en su totalidad, no sería menor que el patio de butacas. En el centro del techo, una cúpula eleva la mirada hacia sus pinturas, referidas a las artes. Desde su altura, disimulados en un balcón, diz que tocan músicos o cantan intérpretes, y son como armonías y voces que procedieran del cielo, y aún algún actor puede descolgarse como ángel.
   Me gustaría ser uno más entre los 2500 espectadores que tomarán asiento en sus butacas, incluso de los 500 que asistirán de pie a alguno de los montajes de la programación. Esta vez no podrá ser, pero no creáis que lo lamento. Ya tengo un motivo más para volver a Buenos Aires.

martes, 26 de diciembre de 2017

LA ARGENTINA QUE VI (7): LA CIUDAD PALACIEGA DE LOS MUERTOS

Aparte de estar muerto, se precisa de un requisito esencial para ser enterrado en el cementerio de La Recoleta: haber alcanzado la fama. Por fortuna, a los vivos no se nos exige esa segunda condición para traspasar su umbral y pasear entre sus muros.
    Los da Dios y ellos se juntan, aun después de exhalar el último de los suspiros. Nadie reposa aquí que no haya sido una celebridad. Según avanzamos, nos salen al paso espadones que fueron. Y jurisconsultos, estadistas, científicos, deportistas, literatos, músicos, cómicos, pintores… y hasta Evita Perón. Vivieron en olor de multitudes, y se diría que no se resignan, ya fallecidos, a perder esa prebenda, pues somos muchos quienes, venidos de todo el mundo, nos constituimos en su público, según deambulamos por esta ciudad palaciega de los muertos.
   No obstante, una cripta marca la diferencia, y la regla se hace excepción. La escultura que reproduce al joven enterrado en ella no casa con sus ilustres vecinos. Es la de un  humilde trabajador con una regadera y un escobón a sus pies. En el relato de su historia, viene en nuestro auxilio la leyenda. Se llamaba David y era cuidador del camposanto. Dicen que se obsesionó con la idea de que allí reposasen sus restos. Y que ahorró, y levantó con sus manos la que había de ser su última morada. Concluida la construcción, no aguardó a que la naturaleza siguiese su curso y diese fin a su existencia, y se suicidó, por habitarla cuanto antes. ¡Lo que habría hecho Bécquer de este argumento!
   Pasa la suntuosa necrópolis por encima de cualesquiera expectativas. Pensaba encontrar de cuando en cuando, entre lápidas y nichos, monumentos que me abrieran la boca y me agrandaran los ojos. No entraba en mis cálculos que la una y los otros no retornarían a su estado habitual hasta salir de allí. Y es que a lo mejor la hay, pero no he visto una sola tumba corriente.
   Caminé calles y calles y todo fueron, para flanquearlas, bóvedas, mausoleos o panteones. A unos los hacía vistosos su desmesura, otros brillaban por su refinamiento, en los de más allá destacaba el buen gusto del diseño. Se sucedían escalinatas, columnas, torres, se adintelaban las entradas o las enmarcaban arcadas. En consonancia con tal magnificencia, la fábrica de esas sepulturas se hacía de materiales nobles. Y eso mismo ocurría con las placas que identificaban a las personalidades o sus familias, o con las estatuas esculpidas en piedra, bronce o mármol, que, si se juntaran todas, harían multitud.
   Entre las  tallas de ángeles o de prebostes, llamó mi atención la de una muchacha con su perro, y aún más cuando conocí su historia. Liliana Crociabi expiró durante su viaje de luna de miel y cuentan que el can, que se había quedado en Buenos Aires, no la sobrevivió ni un día. Modeladas en bronce, sus figuras abren, en medio de tanta ostentación, un espacio para la ternura.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

LA ARGENTINA QUE VI (6): UN CAFÉ EN LA BIELA

Me adentro en el café La biela de La Recoleta y al pronto casi me da un pasmo. A escasos metros de la puerta, comparten velador dos parroquianos singulares. Visten con una elegancia exquisita, que contrasta con el atuendo informal de los turistas que van y vienen a su alrededor. Uno de ellos sonríe y posa las manos sobre un libro entreabierto; su contertulio tiene el gesto grave y la mirada como vacía y reconcentrada, y se apoya en un bastón.
   Son Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, y qué de extraño tiene, si estoy en Buenos Aires, que los inmortalicen, cuando por mérito propio ya son inmortales. Eso me digo, mientras, como hay una silla libre, me siento a su lado y entablo con ambos una conversación imaginada.
   Cuando aún no existían como estatuas, en carne y hueso frecuentaban La biela. Algo hay en este establecimiento para que de alguna manera lo hicieran suyo, y en su búsqueda indagan ahora mis ojos. Y sí que tiene encanto.
   Sobra el espacio en torno. Alberga su amplitud numerosas mesas, sostenidas en el aire por un solo soporte central. Son de madera, como sus sillones, de brazos curvos  y respaldo aéreo. Si estuviesen todas ocupadas, estaríamos entre cuatrocientas personas. Sin embargo, no se apretujaría esa multitud y apenas se oiría sino un murmullo, salvo que se hable muy alto, como ahora un grupito de alemanes, que se acomodan en nuestra vecindad y ríen y gritan como si una gran distancia separase  a los unos de los otros.
   Veo columnas que, truncadas, no aguantan techos. Ofician como peanas de plantas, que se exhiben desde la altura. A su encuentro viene de todas partes la luz. Entra, tamizada ya afuera por la sombra de toldos de franjas blancas y verdes, a través de enormes ventanales, enmarcados por cortinones; y se agranda con la proveniente de lámparas esféricas y amarillas que, en racimos de a tres, penden de la techumbre. Entre ellas giran, incansables, las largas aspas de los ventiladores.        
   Por entre el público, se deslizan discretos y callados camareros, que toman nota o traen en bandejas lo ya encargado. Parecen, como el propio local, formar parte de un decorado finisecular, que chocara con quienes hubiéramos dado un salto atrás en el tiempo olvidando cambiar de vestimenta.
   Testigos mudos, y sin embargo elocuentes, de otra época, ilustran las paredes piezas de coches antiguos. Es la impronta que dejaron quienes, allá por los años 50, trajeron a sus conversaciones la afición por las carreras de automóviles. Tal hubo de ser su peso, que incluso rebautizaron el establecimiento, cuya existencia venía de atrás. Dicen que por aquí pasó el mismísimo Fangio.
   Pero ¿y Bioy Casares y Borges? Ah, sí, detrás del mostrador que está al fondo volvemos a saber de ellos. Las fotografías que se exponen fueron tomadas por el primero y sirvieron para un libro que escribieron los dos...