lunes, 20 de noviembre de 2017

LA ARGENTINA QUE VI (1): DESDE EL AIRE, BUENOS AIRES

Era el 30 de octubre, en 2017, y se me caían los párpados. A duras penas mantenía abiertos los ojos. Poco habían podido ver, además, durante el vuelo, que duraba ya doce horas y media. Había cerrado la ventanilla a la luz, que parecía resistirse a desaparecer a medida que avanzaba una tarde empeñada en no ser noche.
   A 10.000 metros de altitud y casi 1000 km por hora, nos dirigíamos, desde España, hacia el suroeste, en busca de Argentina, que está no sólo en América, sino al sur de todas las Américas.
   Había entretenido el tiempo y la fatiga en pensamientos, a veces gratos. Leí de cabo a rabo el periódico, incluidas las noticias y artículos de opinión sobre Cataluña, pese a que uno de los alicientes del viaje consistía en olvidar durante algo más de una semana el monotema. Y había visto una película y luego un documental de naturaleza.
   No había dejado pasar una sola de las dos o tres comidas que nos sirvieron, más por olvidar la monotonía y ganar tiempo al tiempo que por saciar el hambre o, en menor medida aún, homenajear al paladar.
    Pero, a la postre, terminaba por aburrirme y subía la persiana de la ventanilla para enfrentarme al mundo de afuera, con la esperanza de que hubiera cambiado. Allí seguía, sin embargo, el mismo panorama de nubes, blancas y rotas. A través de sus resquebrajaduras, divisaba, muy abajo, el océano, de un azul oscurecido. Era como si estuviera viendo un cielo invertido.
   Me sentía agotado, paradójicamente de no hacer nada, como no fuera permanecer en mi asiento o emprender una breve andadura de pasillo, siempre atento a que una turbulencia me devolviese a mi sitio.
   Amodorrado, aún sin dormir del todo, pero con la consciencia disminuida, llegaba a creer que el avión, baqueteado cuando encontraba un bache en el aire, era, con su traqueteo, un tren que circulaba por una llanura interminable. Esa impresión se reforzó cuando, al fin, el sol alcanzó el ocaso y se perdió entre las sombras. Yo miraba cómo cambiaba de color el horizonte, que iba pasando de naranja a amarillento, para acabar en finísima línea de luz.
   Y de repente apareció. Su avistamiento me hizo recordar un poema que, referido a A Coruña, recitaba en mi infancia: “Se me deran a escoller, eu non sei qué escollería: se entrar na Cruña de noite ou no ceo de día” (1).
   Parecía que todas las luciérnagas del mundo se hubieran puesto de acuerdo para asistir a una convención. Era un mar de luminarias que, bajo nosotros, dibujaban cuadrículas ordenadas, en una infinitud sin límites. Se diría que millones de viviendas encendían al unísono sus bombillas. Entre ellas había como látigos de fuego, que eran grandes avenidas o autopistas. Tan sólo el río de la Plata ponía coto a ese dispendio estético con la oscuridad de sus aguas.
   Buenos Aires nos recibía con un gran espectáculo. El suyo.    
  

(1). “Si me dieran a escoger, yo no sé qué escogería: si entrar en La Coruña de noche o en el cielo de día”.

lunes, 13 de noviembre de 2017

“UN ESCENARIO SIN FRONTERAS”: LA OPINIÓN DEL PÚBLICO

Ésta es una experiencia teatral única, y no por irrepetible (esperemos que a la primera actuación sigan otras), sino por quienes la protagonizan. Sus hacedores son participantes en el Taller de Inserción Socio-laboral DÍNAMO y trabajadoras del mismo. Cuentan con la colaboración de nuestra Agrupación Escénica UNOS CUANTOS: les  aportamos guiones de escenas y les prestamos dirección y apoyo técnico.
   “Un escenario sin fronteras”, se ha titulado este montaje. Y lo va a ser por su temática, pero también por sus intérpretes. Diversidad de tonos y acentos (subsaharianos y marroquíes, de Colombia y de Argentina, españoles…) conviven en un grupo que es en sí mismo un canto a la diversidad, un mundo en pequeñito.
   Nunca hasta ahora se habían subido a un escenario.                                                        
   Nadie es más que nadie, decía Antonio Machado, y eso mismo vienen ellos a decirnos: con otras voces y una mímica que, a fuer de expresiva, se vuelve palabra.
(El texto anterior fue publicado en este blog el 5 de julio pasado. Sirva para contextualizar lo que sigue).

   
Al final de la representación, el 8 de julio, entregamos a los espectadores un folio en blanco. Queríamos su valoración. Y esto nos dejaron escrito quienes nos las entregaron:
  
“Me encanta esta iniciativa. Pertenezco a una asociación de nueva constitución que, como vosotros, persigue y cree en la integración de las personas. […]. Estaría encantada de recibir información de vuestro trabajo”.

 “Me ha parecido un proyecto maravilloso, seguid con estas iniciativas que nos emocionan y nos hacen estar más cerca de personas que no conoceríamos en otras circunstancias. Gracias, gracias”.

“Mejor imposible. Muy expresivos, totalmente conseguido trasmitir la emoción y el mensaje. Como pega: la luz que se apaga para cambio de escena, molesta el cambio brusco, pienso que sería más agradable bajada de intensidad gradual”.

“Hemos vivido emociones. Hemos sentido, disfrutado, meditado,... en una palabra, habéis conseguido recrear situaciones, llegar al alma, hacernos sentir en una palabra. Un abrazo a todos. ¡ADELANTE!”

“Me ha encantado veros y escucharos, ojalá que este proyecto tan chulo siga adelante y hoy haya sido la primera de muchas veces. ¡ARTISTAS!”

“Maravilloso! Con casi nada se pueden hacer grandes cosas. Solo hay que ponerse a hacer algo”.

    “Emocionante, muy auténtico, muy natural y sorprendente e ilusionante. Enhorabuena. Con estas manifestaciones, el mundo puede cambiar”.

“Me ha parecido una experiencia positiva, refleja la sociedad de hoy en día. Un poco triste pero muy realista. Enhorabuena a todos los participantes y suerte para todos”.

“Como siempre ha sido estupendo. Desde los cuentos hasta el perro moribundo. Gracias por compartir y hacer sentir. ¡Viva el teatro!”.

“Fácil, la escena de los cuentos. Rica. Parecía incompleta la segunda. Me encantó, sobremanera, la estética de la tercera. La 4ª, dura de tragar. Gracias”.

“¡Me he emocionado! Una idea fantástica que esta gente haga teatro. Interesante. Me ha gustado mucho”.

“A mí me ha gustado mucho la puesta en escena de `Un tazón de caldo´. Me ha parecido muy original y muy didáctico. ¡¡¡Ánimo!!! A seguir trabajando”.

“Me gusta todo. Me alegro”.


“Emocionante la participación multicultural. Muy buena iniciativa. Se agradece el esfuerzo de quienes han tenido que contarnos su cuento en nuestro idioma. ¡Espero poder asistir al próximo espectáculo! Enhorabuena”.

domingo, 29 de octubre de 2017

ESTO NO PUEDE VOLVER A PASAR (y 3)

Confieso que, si es verano o, aun no siéndolo, hace calor y falta la lluvia, siento cierta prevención  cuando salgo a la montaña, sobre todo si está arbolada. Me da por pensar en que a lo peor se incendia y quedo atrapado por las llamas. Ese temor se incrementa cuando todavía no se ha disipado el humo en Galicia, en Asturias, en Portugal.
   Alguien puede prender un cigarrillo en el campo que asuela la sequía. Una brasa desprendida, una colilla mal apagada, que aviva la brisa, encontrarían un entorno propicio para propagarse. No sería la primera vez que una barbacoa hace de su derredor una pira gigantesca. O que a un vecino se le ocurre quemar rastrojos, o restos de una poda, o matorral, sin contar con las condiciones climatológicas o la voracidad del fuego.
   Y quién me dice a mí que no ronda los parajes que apetezco andar un pirómano, de ésos que se satisfacen en lo que a todos horripila, y que con tal de darse gusto son capaces de provocar una catástrofe. Quizá, alucinado por las llamas, haga oídos sordos a los gritos de auxilio. ¿Lo satisfará también, al día siguiente, la contemplación del paisaje carbonizado que deja tras de sí?
    Para rematar la lista de peligros a que me aventuro en mis excursiones, oigo que se habla en ocasiones de gentes, que, sin mediar escrúpulo, sacan partido de que se calcine el bosque y le arriman por ello la cerilla.
  Tal vez debería quedarme en casa mientras no decaiga el estiaje, pienso, en tanto me calzo las botas y requiero con los ojos los prismáticos pajareros o el bastón de caminante. Habrá que mirar el cielo por si trajera el aviso de la humareda, y oler, no sea que del aire estén desapareciendo las fragancias y huela únicamente a chamusquina.
   Se me ocurren tantas cosas, que pondrían freno a mis inquietudes y, sobre todo, a tanto drama comunal… Ni siquiera son ideas originales: desbrozar el sotobosque, cuidar los cortafuegos, incrementar la vigilancia, educar y concienciar a toda la población dentro y fuera de los centros escolares, prohibir totalmente el aprovechamiento de la madera o el suelo quemados, diseñar una política de reforestación que reniegue de especies pirófilas (eucaliptos, pinos) y, por supuesto, favorecer la ampliación de los medios anti-incendios… Algo se ha hecho, pero no es para darse por contento…
   ¡Será por dinero! ¿Cuánto se ha gastado en la extinción? ¿Cuánto se ha perdido en lo que ha ardido? Y esas vidas, que ya no serán.

lunes, 23 de octubre de 2017

ESTO NO PUEDE VOLVER A PASAR (2)

Veo una osa con un osezno, en una instantánea que me trae la prensa. Están muy quietos, en medio de un pedrero, dentro de un bosque, cerca de Cangas del Narcea, donde Asturias mira ya a Galicia. Contra lo esperable, el esbardo no se separa de su madre, no se dedica al juego o a la exploración del mundo. Ambos se tocan, de tanto que se juntan, y uno y otra dirigen los ojos al mismo punto del entorno, que acaso esté arrasando el fuego. Será esa circunstancia, pero me parece frágil la poderosa estampa del plantígrado.
    En otra página, aparece una cierva de buen porte. Quizás esté preñada, pues es tiempo de celo y berrea. Contraviniendo hábitos ancestrales, no se esconde en lo más remoto  del monte, donde un fotógrafo naturalista la haya sorprendido. Se halla en una carretera de Degaña, y nadie diría que está muerta. Tumbada sobre el asfalto, semeja durmiente, y, sin embargo, nunca despertará de ese sueño. Árboles carbonizados escoltan la vía, a un lado y otro. Pienso que, por huir del incendio, buscó refugio en la calzada, que no ardería y no pondría, en su lisura, obstáculos a la escapada. ¿Hacia dónde, si, delante y atrás, sólo fuego podía encontrar?
   Menudean en las ilustraciones de los periódicos imágenes oscuras, de campos sin pasto, de bosques de troncos negros, sin maleza, ni espesura, sin el follaje amarillo del otoño. Como si estuviese allí, percibo un calor que no viene del sol. Siento una extraña sensación de silencio, y es que me faltan trinos. ¿Qué ave habitaría esas soledades calcinadas? Y si, de paso hacia otras latitudes, detuviese su vuelo al alcanzar estos parajes, ¿le quedaría ánimo para cantar?

miércoles, 18 de octubre de 2017

ESTO NO PUEDE VOLVER A PASAR (1)

Galicia está de luto. Se ha vestido de negro lo que siempre fue verde.  El paisaje se hace ahora de campos y bosques que oscurecen la mirada, de ríos y fuentes de ceniza. Dante no encontraría mejor escenario para su infierno imaginado.
   Pareciera que tuvieran voz los árboles, pero sólo crepitaban, abrasados, como pidiendo un auxilio que les llegaría tarde. Y ardía como yesca la hierba, que esperaba lluvia tras larga sequía.
   Fue el día del fin del mundo para infinidad de animales. Muchos, más lentos que las llamas, no consiguieron escapar a su acoso, por más que se arrastraran, o corrieran, o volaran. Los que no perecieron sorprendidos por el fuego y quisieron huirlo se ahogaron en la humareda que, como maléfica niebla, los envolvía, sin prestarles humedad u oxígeno.
   Y estaba, también, la gente. En medio de la tea gigantesca que enrojecía la noche, cercados por el fuego, emprendían los vecinos escapadas de final incierto; veían cómo se rompían sus biografías, hechas de tiempo y de trabajo; cómo, tras de sí, perdían todo lo que hasta entonces había sido suyo. O se lo disputaban a la voracidad del incendio, codo con codo con mermados y esforzados  servicios de extinción, o solos, si no llegaban a donde ellos. Con calderos y mangueras, con escobones y palas y azadas, fueron  David contra un Goliat que se multiplicara azuzado por el viento.
   ¿Cuánto costará reparar este desastre? (y nadie devolverá la vida a cuatro personas que murieron). A buen seguro, muchísimo más que lo que habría supuesto prevenirlo.

   ¿Por qué no se hizo, entonces?

viernes, 13 de octubre de 2017

DE TRASHUMANCIA

Detengo un caminar que se hace de buen paso, no por recuperar el aliento, aunque se me haya acelerado la respiración, sino por mirar atrás. Sólo demoro la parada un instante, y enseguida vuelvo a las andadas, que es ir deprisa, deprisa. Si me quedo quieto, así sea unos segundos, una manada de vacas, que unos metros tras de mí ocupa todo el frente de la vereda, amenaza con venírseme encima. Reses que brillan de puro lustrosas, avanzan casi corriendo. En la negrura avileña de su estampa se destaca una cornamenta blanca y larga, tan afilada como si estuviera hecha exclusivamente para la herida.
   Quisiera que fuese respeto lo que me infunden, pero es que meten miedo a mi ser de urbanita bisoño en estos lances. Y eso que esta aventura no me la he encontrado, que he venido a ella exprofeso.
   La partida se hizo recién nacida la mañana y acumulan las pezuñas del rebaño una veintena de kilómetros cuando nos incorporamos a la marcha. Estamos descansados, pero nos hemos perdido las migas a la usanza extremeña que hubo en el desayuno campero. Vienen de donde el arco romano de Cáparra y con ellos nos dirigimos a las inmediaciones del pueblo judío de Hervás. Somos como actores que interpretaran el papel de pastores en ciernes.
   A un lado y otro de la cañada, el sol asfixia la hierba que fue. En el paisaje abrasado, sólo en los árboles se refugia el verde. Vaqueros de verdad, que van a pie o a bordo de tres o cuatro todoterrenos nos van colocando a los neófitos donde se abre una bifurcación en el carril o ante un espacio sin vallado de protección. Está la vía pecuaria muy deteriorada y hemos de evitar que el ganado se nos vaya de la ruta.
   Yo pruebo a conminar a los cuadrúpedos con la mirada, sin mucho aspaviento, aparentando un aplomo y unas dotes de mando que estoy lejos de poseer. En un momento dado, por guardar distancias con esa masa oscura que acaso ni repare en mí, retrocedo un poco y casi me ensarto en unas zarzamoras que tengo a la espalda.    
   Una vaca revirada burla nuestras medidas precautorias y abandona a sus congéneres para lanzarse a la aventura. Rebasa la línea que trazan nuestros cuerpos y se interna en un olivar, donde experimenta la sensación de libertad. Entonces entiendo por qué nos acompaña un jinete. Pronto galopa a la par de la rebelde y no ceja en la persecución hasta que consigue devolverla con los suyos. Lo más curioso, sin embargo, es lo que me sucede a mí, que, sin encomendarme a dios ni al diablo, ni pensarlo, salgo disparado, blandiendo un bastón y voceando interjectivamente al animal díscolo. En aras a la verdad, estoy por apostar que, dado el espacio que nos separaba, no se dio por enterada de mi enfado, ni, afortunadamente, enfrentó su determinación a la mía.
   De cuando en cuando, una carretera parte en dos la cañada. Mientras el rebaño cruza el asfalto, cortamos el tráfico, sin que se oiga un claxon de impaciencia o una queja. A todo lo más, nos encara una mirada curiosa, que revela a la gente venida de otros pagos. Si se fija en mí, tal vez, en el mejor de los casos, no sepa a qué carta quedarse, en cuanto a mi condición extemporánea de pastor.
   Llegamos a destino cuando ya pasan de las tres de la tarde. Las reses comen de un pasto seco y amarillo, y nosotros de una paella del mismo color, obsequio del mayoral, que sabe a gloria. A la sombra de una encina, pienso, no obstante, que el verdadero regalo fue habernos permitido vivir esta experiencia. 

viernes, 6 de octubre de 2017

CLAMOREO DE CIERVOS

Atardece en las dehesas de Monfragüe. Hace rato que el sol de finales de septiembre ha dejado de arrancar tonalidades rojizas a los alcornoques. Sus troncos descorchados  ya no semejan llamaradas en medio de un campo sin lluvia. Apenas son ahora distinguibles de sus vecinas las encinas. Muy al fondo, el llano se torna serranía. Los árboles, que se aclaraban en la planicie para dar una oportunidad al pasto, se aprietan sin que quede espacio para un respiro.
   El paisaje, de pura quietud, parece pintado. También yo, y no por una suerte de extraña mímesis. Condiciona mi estatismo la atención con que miro y, sobre todo, el silencio que me impongo por que no se me escape un ruido, y que estorbaría cualquier movimiento, por mínimo que fuera.
   Se oyen voces poderosas, que vienen de todas partes. Aquí y allá, rompen el anochecer gargantas que no temen despellejarse en su empeño por gritar más alto. El monte entero resuena como un eco multiplicado, un coro extraño, cuyos componentes no cantaran al unísono. Al bramido de un astado en celo sucede otro, que lo replica.
   Son sonidos guturales, oscuros, tan duros como si salieran de los canchos de granito que sobresalen en el cordal que dibujan las cumbres. Duran poco, pero compensa su brevedad la reiteración y el volumen con que se emiten. Un ciervo laringítico se esfuerza por no faltar al concierto, aun a riesgo de quedarse mudo. Y, entre la barahúnda, me sobresalta un como ladrido de solo tono, o tosido de  perro gigante, como si fuera a salirle y no le saliera berrear.
   Se dirían esos mugidos en su cadencia lamentos, cuando son pura expresión de fuerza y dominio, como embestidas acústicas, que midieran a distancia el poderío de la filigrana afilada de las cuernas, sin necesidad de llegar a las manos. Está lleno el aire de desafíos.
   Otorgaría quien callara. Nadie disimula, ni saca ventaja del silencio. Ninguno de estos machos quiere pasar desapercibido y obtener ganancia de no ser notado. Antes bien, se trata, en buena lid, de hacerse presente y sobreponerse al adversario, de advertir de su control sobre un harén y un territorio. Y, de paso, de regalarnos un espectáculo de los que no se olvidan.