jueves, 9 de mayo de 2013


LOS PÁJAROS DE AUSCHWITZ, de Arno Surminski

Campean por las páginas de esta novela dos personajes. Uno es polaco y está preso, Marek Rogalski; el otro, Hans Grote, guardia nazi. El último se sirve del primero para que ilustre sus investigaciones ornitológicas.
   El contexto, en sí mismo paradójico, muestra cómo cohabita el paraíso con el infierno. Viene dado por un espacio físico cerrado, de muerte y destrucción, y por las aves, que vuelan obedeciendo a su libre albedrío.
   Se utiliza a los prisioneros en trabajos forzosos;  de cuando en cuando se les ejecuta en la horca o se les fusila, son introducidos en cámaras de gas, incinerados: esa omnipresencia de la ceniza humana todo lo colma. Por contra, las criaturas aladas utilizan  las alambradas como posadero, van y vienen por los humedales circundantes,  migran en viajes que son de ida y de vuelta, acompasados sus desplazamientos al ritmo de las estaciones.
   Este libro, que en mi opinión merece la pena leer,  constituye una manera sorprendente de acercarse al horror que supusieron los campos de concentración alemanes. Lo último que se nos pasaría por la imaginación es que, justamente en esa circunstancia, a uno de los carceleros se le ocurriese seguir a los pájaros, observarlos e inventariarlos y llevarse en sus correrías consigo a Marek, que se los ha de dibujar.
   Y se abre una constatación inquietante: la barbarie no excluye la espiritualidad más refinada. La afición por las aves, el gusto por el canto y la música parecen fuera de lugar en el mundo hostil y terrible de Auschwitz y de los soldados de las SS y sus mandos, que, indiferentes a la tragedia que causan, sin embargo se conmueven hasta las lágrimas en un concierto. Eso es lo verdaderamente absurdo, y no lo que en condiciones normales lo sería, como la sordera ocasional de Marek, que, cuando tocan, ve los movimientos de quienes interpretan, pero es incapaz de oír nada: ¿cómo sentir a Mozart en un campo de concentración?
   Aunque tal vez la pregunta podría formularse al revés. Resulta incomprensible que un alma sensible -¡tantas!- pueda actuar de una forma tan monstruosa.

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