martes, 2 de julio de 2013

OFICIO DE ACTOR (2)

Sucedió en México, Distrito Federal (D.F.). Tengo allí a uno de mis mejores amigos, que, tras colgar los hábitos de médico, se convirtió en actor de teatro, de cine, de la pequeña pantalla también. Creo recordar cómo ocurrió su paso al arte dramático. Trabajaba en una compañía que rodaba una película. Él no era intérprete, sino el doctor que se aplicaba en preservar la salud del grupo. Pero un día falló un secundario y entre bromas y veras el director le pidió que probara a suplirlo. Una cosa trajo otra y fue cogiendo tablas, hasta hacer de ello su auténtica profesión.
   Esto nos lo contó a Beatriz y a mí un verano de cuando éramos más jóvenes. Le habíamos pedido desde España que nos buscase un hotel, pero desde el aeropuerto nos condujo directamente a su propia vivienda. A cambio, únicamente nos exigió que, tras el diurno merodeo en busca de maravillas que descubrir, estuviéramos a las 6 de la tarde en casa. A esa hora anochecía y nos quería seguros.
   Debo confesar que entonces empezaba una segunda fase, una dimensión nueva del viaje, igual de fascinante que el mundo que estábamos conociendo. Yo recordaba a Gerardo como un excelente conversador, y lo seguía siendo veinte años después de la última vez que nos habíamos visto (es de esos amigos que duran para siempre). Traía álbumes, recortes de prensa, regalos que le habían hecho, autógrafos famosos, y de cada cosa nacía una historia. Hablaba de sus andanzas, reía con nosotros, se emocionaba, nuestra atención  no decaía en el transcurrir de las horas.
   No he olvidado una anécdota que, además de divertirme, me hizo pensar. Siempre he dicho que los mejores desenlaces son los que nos sorprenden y, después de que los pensamos, nos resultan totalmente lógicos. Y lo mismo sucede con el teatro, cuando interfiere en la vida real de extrañas, y sin embargo esperables, formas. Así fue cómo pasó.
   Se había ido a almorzar con el elenco de una serie televisiva en la que actuaba. Entonces acudió la mesera, que así llaman en México a las camareras que atienden las mesas.
   “Oiga, que se ha saltado usted a Gerardo…”, la advirtió una de las actrices, al ver que había hecho caso omiso de su presencia.
   “Yo a ese pinche licenciado no le tomo nota ninguna, hoy se queda sin comer”, respondió sin arredrarse la muchacha, mirándolo con desprecio, como si fuera verdaderamente el tipo que interpretaba, un malo malísimo.
   Rieron todos, claro, como reíamos nosotros al escucharlo. Pero a mí todavía hoy me parece el mayor elogio que se le podía hacer. Gracias a su interpretación, su personaje había saltado de la ficción a la realidad... 

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