lunes, 8 de septiembre de 2014

ANDADURAS JAPONESAS (8): UN PASILLO EN EL CIELO DE KYOTO

A una estación de metro y de ferrocarril, suelo acudir cuando voy a, o vengo de, algún lugar, y solo permanezco en sus andenes el tiempo imprescindible para subir a un tren o apearme de él. Sin embargo en la de Kyoto la cosa no resultó tan sencilla. Quiero decir que, ya aposentados en la ciudad y sin que nos propusiésemos ningún desplazamiento inminente, nos costaba no visitarla un par de veces por día y con tiempo por delante. La culpa  era toda suya, que con tantos alicientes nos tentaba.
   Limitaban la inmensidad de su vestíbulo, cuyas dimensiones exceden cualquier cálculo por inimaginable que sea, formas curvas, metálicas o acristaladas, modernas y monumentales, entretejidas de hierros que lejanamente recuerdan a Eiffel, con miradores que se abren al adentro y al afuera.
   Sin salir de sus dominios, podía el viajero alojarse en un hotel con apariencia de lujo asiático, elegir entre decenas de restaurantes de muy diversas nacionalidades, internarse en unos grandes almacenes o en cualquiera de los muchos comercios que ofrecen todo tipo de productos a su afán consumista, si lo tiene, y, si no, a su curiosidad.
   Escaleras mecánicas nos suben hasta la planta undécima. Una ancha escalinata de luces asciende aún más arriba, con colores que cambian según los tramos. De repente, esa exposición cromática se rompe y da paso a leyendas que dan la bienvenida a los visitantes, en español también. Después veremos cómo la iluminación de ese anfiteatro nos conduce a un río que cae en cascadas o a un firmamento cuajado de estrellas.
   Debe evitarse, no obstante, un embobe total, hay que dejar libre un espacio mental para un asombro aún mayor, que espera en un piso superior. Ya en la poesía de su nombre se anuncia la hermosura. El Paseo del Cielo, se llama, y verdaderamente lo es. Discurre por las alturas, bordea la techumbre del edificio, y está oscuro, y mejor así. Del otro lado de los ventanales, la luz se multiplica a nuestros pies, en la ciudad, con el espectáculo de una torre muy elevada, que ilumina la noche.
   Como para que no nos arrepintamos de volver de nuevo a tierra, o  sintamos nostalgia de lo vivido, en la salida de la estación descubriremos que el agua se hermana con la música y baila a su son en una fuente de colores…

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