sábado, 5 de septiembre de 2015

MAMÁ ÁFRICA (8): DE LA SAL A LAS ESTRELLAS

Unos avestruces nos escapan, corriendo a toda prisa. Acabamos de alcanzar el salar de Makgadikgadi cuando decae el día, y acampamos en sus bordes. Es un desierto sin dunas, y ni siquiera arena, donde no enraíza vegetación alguna. A un espacio poblado de árboles, ha sucedido una tierra que, más que estéril, parece hostil a la vida. En este territorio raso, los ojos se pierden en la búsqueda de referencias y sólo encuentran una horizontalidad desnuda. Nunca he visto materializarse con mayor plasticidad el concepto de infinito. Mires para donde mires, únicamente vislumbras lejanías carentes de límites. Tras ellas, se adivina que no existe nada distinto a lo que son capaces de abarcar tus pupilas.
   El último sol de la tarde arranca al suelo reflejos de plata, como si esa luz que ya agoniza reflectase en un agua que, paradójicamente, no hay. Del lago inmenso que aquí hubo, sólo ha quedado una pátina de sal, que vuelve  blanca la llanura interminable y crepita bajo los pies, si andamos.
   Ejerce una extraña fascinación, una atracción tan fatal como la de las sirenas, que atraían a los navegantes con su canto para devorarlos luego. La sed y la locura del extravío podrían aguardar a quien se aventurase en tan inhóspitos dominios. Ningún camino, ni siquiera formado por rodadas de vehículos, orientaría los pasos de quien osase adentrarse en el espacio vacío que se abre ante nuestros ojos, hecho solo de horizontes.
   Sobrecoge la soledad, se oye el silencio.
   Heraldos de la noche, unos cuervos traen en la negrura de sus alas el anuncio del ocaso. En el oeste de sabanas, de donde nosotros y ellos llegamos, y a donde de inmediato retornan, el sol hace sangrar al cielo. Pronto desharán la oscuridad más próxima las llamas de una hoguera. En derredor, sentados en un círculo de sillas, cenamos y hablamos, confianzudos, olvidados de que, más allá del alcance de la luz, por todas partes se extiende la nada.

   Nos acostamos al aire libre, con todo el firmamento para nosotros como único techo. Cierro la cremallera de la lona que envuelve mi lecho y quedo a modo de crisálida, con tan sólo la cabeza al descubierto. Me cuesta dormir, y no por el frío o porque no tenga sueño. Es que, ahí arriba, han empezado a reclamar mi atención las estrellas, que nunca brillaron tanto.

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