sábado, 22 de julio de 2017

UN ENCUENTRO EXTRAÑO

Me topé con él a media tarde de ayer, que fue viernes. Era un desconocido más en la calle. Venía sin compañía, pero hablaba. También hacía gestos, intuí que mecánicamente, como complemento espontáneo a sus palabras. Pensé que si continuaba avanzando hacia mí y yo no alteraba el sentido de mi marcha o la velocidad con que me desplazaba, muy pocos minutos tardaríamos en estar a la par.
   No era la primera vez que presenciaba cómo alguien discurseaba al vacío, sin más orejas que lo oyeran que las de viandantes ocasionales y sin que se detuviera siquiera para esperar que escucharan lo que les decía. En el pasado, se había tratado de individuos con un tipo peculiar de perturbación, que les impelía a imprecar a sus conciudadanos, ya fuera con admoniciones o con pretendidas enseñanzas, o con confesiones que no se sabía por qué habían de hacerse públicas. Recuerdo que, cuando niño, imaginaba que se dirigían a una persona invisible que caminaba a su lado y hasta es posible que llegara yo a envidiar esa capacidad para ver a quien los demás ignorábamos.
   ¿Sería éste uno de aquellos sujetos dementes de los que procurábamos mantenernos a una prudente distancia? No percibí en su expresión ni en sus ademanes signo alguno de amenaza que pudiera intimidarme, de modo que no alteré mi ánimo. Monologaba él con tal ensimismamiento que habría jurado que ni siquiera se apercibió de mi cercana existencia.
   A lo mejor es un opositor tan obsesionado por ganar la plaza a la que aspira que, olvidado del mundanal ruido de su alrededor, va cantando los temas de la programación, sacando insospechado partido a sus desplazamientos, supuse, aunque confieso que con un convencimiento escaso.
    Como no conocía al sujeto, no estaba en condiciones de descartar del todo que fuese un actor que, apremiado por el tiempo, estuviera memorizando su papel. Eso también podía ser, si se hallaba en sus cabales. Sobre todo, porque su perorar no era un continuum sin interrupciones, como si  sus intermitentes silencios subrayasen las réplicas de un antagonista en el escenario.
   Noté, entonces, y cuando ya casi estábamos a la misma altura, una vibración en el bolsillo donde guardaba habitualmente el teléfono móvil. No tuve que sacarlo, porque llevaba activado el manos libres. Enseguida me puse a hablar como al vacío. Fue una sensación extraña, la de cruzarme con otra persona, sin que nos dirigiésemos la palabra, aunque ambos, que íbamos solos, estuviésemos dialogando. 

lunes, 17 de julio de 2017

ESCENARIO SIN FRONTERAS, TEATRO SIN MÁSCARAS.


El estreno de “Un escenario sin fronteras” el pasado 8 de julio motivó la crítica de Marisa del Campo Larramendi que reproduzco a continuación. Considero que sería una pena privar a los lectores de este blog de sus valoraciones, que agradezco.
Al principio es la palabra. Abierto el telón descubrimos a hombres y mujeres dispuestos y sentados en una línea encarada al público. Entonces la narración oral se adueña del escenario. Cuentos que mecieron infancias distintas y distantes son contados al público. El cuento subsahariano con los fuertes hipopótamo y elefante perdiendo frente a la inteligente tortuga; el cuento marroquí del padre, el hijo y el burro que vayan como vayan por el camino serán criticados; el cuento español del erizo, la tortuga y la amistad como lazo que une a los diferentes y complementarios; el cuento colombiano que… pero más que cuentos subsaharianos, marroquíes, españoles o colombianos, deberíamos hablar de fábulas narradas por subsaharianos, marroquíes, españoles, colombianos. Todas estas narraciones tienen un aire de familia, ese encanto del érase una vez, esas enseñanzas para la vida que los padres y abuelos transmiten en forma de peripecias a sus hijos.
En el segundo acto las voces callan y el ojo se detiene en el movimiento y el gesto. Una ciudad cualquiera, una calle cualquiera, una hora cualquiera. La multitud pasa, cada átomo humano absorto en su mundo indiferente al resto. Personajes diversos se cruzan en la imaginaria avenida: un cura, el hombre que lee el periódico, el atareado portador de un maletín, las mujeres elegantes, el consumidor cargado de bolsas, hasta un jugador de baloncesto precedido de un fotógrafo que evidencia su fama y a quien se acerca una joven a pedir un autógrafo. Porque de pedir se trata. La música subraya los momentos en que la multitud pasa y los instantes en que el tráfago se congela. Y en ese alternar, se mueve la mano que se extiende y pide limosna, el cuerpo mendigo que nada recibe porque ni siquiera es visto. Y la multitud pasa y repasa, mientras la pobreza se desvanece sentada en la acera de cualquier calle, de cualquier ciudad, a cualquier hora.
En el tercer acto la alternancia de luz y oscuridad nos muestran la historia que una voz fuera del escenario nos va contando. Como viñetas de comic ilustrando una lección. Porque es una lección la que recibe la mujer blanca de la historia a manos del hombre negro del cuento. Sucedió en Suiza nos dice la voz: una mujer entró en un bar y pidió un tazón de sopa. El escenario, hasta entonces callado y sumido en la oscuridad completa, se ilumina y nos muestra el cuadro congelado de un camarero y una mujer pidiendo en la barra. Durante un par de segundos la imagen se clava en nuestra retina… luego la oscuridad vuelve. Retorna la palabra a la narración y nos informa que la mujer se ha sentado a una mesa. De nuevo el escenario se ilumina y podemos observar la estampa del camarero en la barra y la mujer sentada a una mesa frente a un tazón de sopa. Todo es expresión en esa inmovilidad significativa que nos ofrecen por otro par de segundos. Y la oscuridad vuelve. Y a través de este sucederse de oscuridad e instantáneas de vida iluminada se nos va contando una historia que sucedió en Suiza y que nos advierte de nuestros prejuicios dando vuelta a los tópicos.
Por último “La cruzada de los niños” de Bertolt Brecht. Unos niños encarnados por hombres y mujeres de diferentes colores, algunos de los cuales casi alcanzan los dos metros de altura. Pero eso daba igual. El pacto de ficción ya estaba firmado entre el público y el escenario sin fronteras. Mujeres hechas y derechas y hombres como castillos nos hacían vivir las peripecias de un grupo de niños y niñas, solos y perdidos en un mundo en guerra…
Porque quizás sea esto último lo más destacable de la emocionante experiencia vivida ayer en La Casa Municipal de Cultura Francisco Díez sede de la asociación Genoz de Cacicedo durante la representación de “Escenario sin fronteras”, un montaje teatral fruto de la colaboración del Proyecto Dínamo de inserción social de ACCAS y de la Agrupación Escénica Unos Cuantos: un escenario sin actores profesionales o aficionados, un teatro sin máscaras.
Y no deja de ser llamativo y aleccionador que un grupo de personas marginadas por una sociedad egoísta y opulenta, que nunca han actuado en su vida, tan solo con unos cuantos ensayos y una sabia dirección, sean capaces de sacar de sí mismos la esencia del teatro: la palabra que dice, el gesto que muestra, la expresión que define, el movimiento que cuenta. En definitiva: capaces de encarnar otras vidas, que en muchos aspectos son las suyas propias, y hacérselas ver y sentir a esa multitud hecha momentáneamente público… que por desgracia en la vida cotidiana muchas veces pasa y repasa junto a ellos sin verlos, ni reparar en que existen.
Es la magia de un escenario sin fronteras, de un teatro sin máscaras.

                        Marisa del Campo Larramendi

lunes, 10 de julio de 2017

MÁS SOBRE “UN ESCENARIO SIN FRONTERAS”

Ya está, ya hemos estrenado…
   Dirigir, contando con Isabel Tejerina como ayudante de dirección, y con el apoyo técnico de nuestra Agrupación Escénica Unos Cuantos, el colectivo que se formó en el Taller de Inserción Socio-laboral DÍNAMO ha sido una de las mejores experiencias teatrales de mi vida.
   Ensayamos, si hacía frío, en un cuarto; y si no en el espacio que deja libre una furgoneta de reparto, en el interior de una nave dedicada al reciclado y elaboración de papel ecológico. Fue avanzando nuestro trabajo actoral en medio de complicidades y risas, de dedicación y esfuerzo. Entre voces que hablan el español con acentos del África subsahariana, de Argentina, de Colombia, de Marruecos; de España, también. Qué bien suena esta armonía, forjada a partir de la diversidad.
   “Un escenario sin fronteras” es el título que hemos dado al fruto de este hermoso camino que hemos recorrido juntos. El pasado sábado, 8 de julio, el público tuvo ocasión de compartirlo. Escucharon cuentos procedentes de otras geografías, cuando no de la nuestra. Ante sus ojos, el mimo sustituyó luego al poder comunicativo de la palabra, o amplificó su fuerza, y habló de marginación y olvido, de la desconfianza que nace de los prejuicios, de la búsqueda de refugio y acogimiento.
   Y si hermoso fue representar todo ello, igualmente grato resulta leer las palabras con que los espectadores valoraron ese trabajo y esa escenificación en los folios en blanco que les entregamos al final de la actuación.
   Literalmente, nos dejaron dicho que les encantó la iniciativa, y no ahorraron adjetivos para calificarla. La tildaron de “maravillosa”, “emocionante”, “sorprendente”, “estupenda”, “fantástica”, “interesante”… Hubo quien manifestó que “mejor imposible” y de los intérpretes –que nunca antes se habían subido a un escenario- que eran unos “artistas” y que habían estado “muy expresivos”.
   Alguien escribió:
“Hemos vivido emociones. Hemos sentido, disfrutado, meditado… Habéis conseguido recrear situaciones, llegar al alma, hacernos sentir, en una palabra”. 

miércoles, 5 de julio de 2017

UN ESCENARIO SIN FRONTERAS

Ésta es una experiencia teatral única, y no por irrepetible (esperemos que a la primera actuación sigan otras), sino por quienes la protagonizan. Sus hacedores son participantes en el Taller de Inserción Socio-laboral DÍNAMO y trabajadoras del mismo. Cuentan con la colaboración de nuestra Agrupación Escénica UNOS CUANTOS: les  aportamos guiones de escenas y les prestamos dirección y apoyo técnico.
   “Un escenario sin fronteras”, se ha titulado este montaje. Y lo va a ser por su temática, pero también por sus intérpretes. Diversidad de tonos y acentos (subsaharianos y marroquíes, de Colombia y de Argentina, españoles…) conviven en un grupo que es en sí mismo un canto a la diversidad, un mundo en pequeñito.
   Nadie es más que nadie, decía Antonio Machado, y eso mismo vienen ellos a decirnos: con otras voces y una mímica que, a fuer de expresiva, se vuelve palabra.
    Si puedes, no te quedes sin escucharlos:
    En el centro cultural CASA GENOZ, Cacicedo de Camargo (Cantabria)
    Sábado 8 de julio, 8 de la tarde.
   Entrada libre hasta completar aforo.

martes, 27 de junio de 2017

MI BIBLIOTECA Y YO  (y 3)

Dos pasos adelante y uno atrás, o viceversa. Alternando avances y retrocesos, he conseguido al fin despejar mi biblioteca, que ofrece ahora un aspecto más saludable, menos apretado. Los volúmenes no se ahogan unos a otros, el espacio que los aloja parece haberse ampliado y disfrutan de una desconocida comodidad en las estanterías. Siento que me he liberado de una modalidad literaria del síndrome de Diógenes, que comparto con la mayor parte de los adictos a la lectura. Se me plantea, no obstante, un problema.
   ¿Qué hacer con los libros sobrantes? Delante de mi casa, se alinean varios contenedores. Uno de ellos se ofrece a engullir papel. Habitualmente lo alimento con periódicos o revistas y folletos publicitarios. Pero ni en la peor de mis pesadillas me veo haciéndole entrega de mis libros. Una cosa es prescindir del saber o el entretenimiento que atesoran y otra muy distinta silenciar para siempre sus páginas. Por callado que fuese su grito al ser prensados, yo lo oiría.
   Pienso que, aunque sea lejos de mí, pueden tener una segunda vida. Entonces, hasta me veo como un altruista. Conmigo, difícilmente gozarían de una oportunidad de ser abiertos de nuevo. Estarían en las baldas por lo que fueron para mí en el pasado, pero a cambio de sacrificar su futuro. Al desprenderme de ellos, voy a ponerlos delante de otros ojos. Lástima no haberlo razonado así en un principio, no me habría costado tanto extraerlos de las estanterías para no volver a colocarlos después en su sitio.
   Y aquí me tenéis: mendigando, pero de una forma original, al revés. No pido que nadie me dé, sino que me cojan lo que doy: algunos de mis libros. Se los ofrezco al último instituto donde impartí clases de buen decir y pretendí hacer de los alumnos lectores. O se los regalo a amigos que los quieran. Y descubro una librería de viejo que se queda con los que le llevo. 
   Aunque no deja de rondarme una idea que se me ha ocurrido al pronto. Imagino a centros culturales y educativos, ayuntamientos, bibliotecas que abren sus puertas a anónimos donantes de novelas, de obras dramáticas o de poemarios o ensayos, y ceden gratuitamente esos fondos sobrevenidos a quienes los requieren. Tampoco estaría mal.

jueves, 22 de junio de 2017

MI BIBLIOTECA Y YO (2)

Me embarco en el segundo intento por aligerar mis estanterías de libros. Y me hago trampas a mí mismo. Es fácil. Cuando el montón de los desechados alcanza determinadas dimensiones, les doy otra oportunidad, no sea que, por descuido, haya ido a parar allí algún volumen especialmente valioso. Vuelvo a revisarlos, y la consecuencia es que son bastantes los que retornan a su sitio en el ecosistema de la librería, que, sin ellos, no sería el mismo. En este trance, me acuerdo de Sísifo, condenado por los dioses a insistir eternamente en un esfuerzo inútil.
   Y eso que esta vez he hecho las cosas bien, o al menos mejor que en la anterior. Escarmentado por el fiasco con que se saldó mi primera tentativa, comprendí que el éxito de la tarea exigía de mí  más razón que corazón. Así que, antes de nada, me puse a pensar en las pautas con que evaluar de qué ejemplares iba a deshacerme y cuáles seguirían conmigo.    
   Sería más sencillo si sólo hubiese de atender a que me atrapase su temática o me deleitase su escritura. Ése es un principio claro, que me llevará a no prescindir nunca de “Ébano”, de Richard Kapuscinski, por ejemplo (y de tantísimos otros: me siento un poco culpable de citar sólo uno). Pero la empresa resulta mucho más ardua.
   En ocasiones, la ligazón que me une a mis libros los trasciende, va más allá de ellos, de lo que dicen o cómo lo dicen. En la jerarquía de los afectos, entran en juego distintas consideraciones. De muchos, no recuerdo cuándo ni por qué los compré, pero todos fueron fruto de una elección personal y de una circunstancia. No es que sean parte de mí, es que son yo, el yo que fui, sucesiones de mí. Y a ver quién se desprende de algo que lo configura como sí mismo, como si tal cosa.
   Claro que si continúo por ese camino, mejor lo dejo. Busco un criterio objetivo, gracias al cual, si no quedan en olvido, sí pasen a segundo plano los sentimientos. Con salvedades, me parece encontrarlo en el tamaño de la letra o en lo apretado de su disposición en las páginas, que agobian la vista de quien, como es mi caso, empieza a moverse en los límites de la senectud. Ya no podría releerlos sin la queja de mis ojos, y, de todas formas, alguna huella habrán dejado en mí, o sea que no desaparecerán del todo de mi vida.
   Otra posibilidad para la selección me la ofrecen los repetidos, publicados en diversas ediciones, que adquirí ya fuera por la calidad de sus notas o introducciones, ya por simple despiste, olvidado de que ya los tenía. Aquí el problema radica únicamente en qué ejemplar será el preferido. Y para qué guardar los maltratados por el paso del tiempo o aquellos a los que sucesivos traslados han privado de su integridad.
   Están, en fin, algunos que no me han gustado nada. Quién iba a decirme a mí que algún día me servirían de alivio…

sábado, 17 de junio de 2017

MI BIBLIOTECA Y YO (1)

Tal parece que mis libros matrimoniaran, y parieran, y se multiplicaran…
   Nada más escribir esta frase, me paro a considerar la idea y me resulta atractiva. ¿Os imagináis? El Quijote emparejado con la Odisea, el Ulises con las Mil y una noches, Luces de Bohemia y Hamlet… Esas hibridaciones, ¿trascenderían al paso de los siglos? ¿Mezclarían géneros –una novela se uniría a un poemario, una obra teatral a un libro de viajes, un ensayo a un álbum? ¿Hallarían en la semejanza temática una fuente para la mutua seducción? ¿O, por el contrario, sería la diferencia lo que atraería al uno hacia el otro?
   Aún me maravilla más pensar en el fruto literario de semejantes coyundas, que, por inescrutable, no me atrevo siquiera a bosquejar.
   Pero los sueños, sueños son; y la realidad es, en el caso de mi colapsada biblioteca, mucho más prosaica. Únicamente a mí cabe achacar la responsabilidad de que no sepa ya dónde meter tanto volumen. En mi descargo, argüiré que el advenimiento del ebook me ha pillado ya mayor y, por tanto, cuando ya había disfrutado de muchas oportunidades para ir  haciéndome con un considerable botín de letra impresa. Además como, a despecho de que se me tache de antiguo, me encanta pasar páginas, oler a imprenta, anotar márgenes cuando leo, continúan llegando nuevos ejemplares a estanterías ya atiborradas. Así que algún remedio me urgía idear para poner coto al descontrol. Y como ni comprimir los libros ni ampliar el espacio que los acoge entra dentro de mis posibilidades, he terminado por aceptar que debía proceder a un expurgo controlado que hiciera de la selva impenetrable, si no jardín, sí, al menos dehesa despejada.
   Tras demorar durante un tiempo con fútiles pretextos el inicio de la tarea, me puse, al fin, manos a la obra. “Hay algunos que son intocables”, me dije a mí mismo, para eliminar escrúpulos y darme ánimos. Y después de un examen minucioso de varias baldas llegué a la conclusión de que, por uno u otro motivo, lo eran todos. Sentí algo parecido al alivio cuando eché una ojeada a la caja de cartón destinada a los desechados y la vi vacía. Fue un consuelo pasajero. Duró tan sólo hasta que adquirí un par de novelas más y comprobé que nada había cambiado en mi biblioteca. 

domingo, 11 de junio de 2017

OTRA DE REALISMO MÁGICO (CARPETOVETÓNICO)

Suma y sigue en la mojiganga nacional.
   En esta ocasión, los protagonistas fueron la Virgen del Rosario y un cargo público  insospechado, José María González, Kichi, alcalde de Cádiz. Ella, por haber sido condecorada con la medalla de Oro de la ciudad; él, por hacer que tal distinción fuera posible al aunar los votos de su grupo con los del PP, autor de la propuesta, cómo no; y con los del PSOE y Ciudadanos, que también se posicionaron a favor.
   Habituado como está uno a noticias de semejante calibre, debería no asombrarse porque se produzca otra. Pero el respingo que di cuando la leí iba más allá de la extrañeza. Me había dejado atónito que “Cádiz sí se puede” y Kichi, su cabeza de lista, apoyaran una moción como aquélla.
   Confieso, sin embargo, que aún había de quedar más perplejo después del argumentario con que Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, líderes de Podemos a nivel nacional, se apresuraron a justificar la actitud política de su compañero de partido. Atribuye el primero a la citada Virgen “carácter de dignidad popular”, “tan vinculada a las cofradías de pescadores, no va unida al conservadurismo que nos podría parecer desde fuera”. Y nos alecciona: “Los urbanitas de izquierda tenemos que aprender a respetar esas tradiciones tan arraigadas en el pueblo”.
   Monedero no se queda atrás. Se mete en disquisiciones acerca de la “Virgen de los humildes” y dice de ella cosas como que: “aun siendo cierto que trabaja más tiempo para los poderosos que para los pobres, ayuda a que los golpeados imaginen la vida un poco menos miserable. Y eso, nos guste más o menos, hay que respetarlo”. Kichi “hace bien en escuchar al pueblo en el momento concreto que vive el pueblo, que es el de ahora. Porque en un mundo emancipado es verdad que no habrá dioses ni vírgenes o habrá miles. Pero mientras tanto, gobernamos para el pueblo que está ahí. Y gobernamos sabiendo que no es lo mismo el poderoso que el humilde, aunque coincidan en algunos sitios. Kichi no es el alcalde de mañana. Es el alcalde de hoy. Y qué bueno que lo tiene claro. Y además, sin la ayuda de la virgen, porque dios nunca abandona a un buen marxista”.                          
   Vaya, vaya…
   Y a mí que me parece que no se trata de una cuestión de respetar tradiciones y de ajustarse a la mentalidad actual del pueblo… Que el tema, por más que se escamotee, es que una corporación municipal (por cierto, no al completo: los 2 concejales de Izquierda Unida se abstuvieron) ha premiado con la medalla de Oro de la ciudad a una Virgen. El principio de no confesionalidad del Estado, ¿es de validez universal o ha de aplicarse –o no- dependiendo de quién sustente determinada creencia?
   Y esas referencias al pueblo… ¡hay tanto reduccionismo en ellas, tanta simplificación! Tal se diría que en el imaginario de Pablo Iglesias o Juan Carlos Monedero es un todo sin fisuras, uniforme, sin la diversidad que lo alienta. En Cádiz, habrá católicos que no practiquen la devoción mariana. Me resisto a pensar que todos sean fieles seguidores de la Virgen del Rosario, que no viven de otra manera su religión. Y luego estarán los agnósticos, y los sindiós. Y seguro que no faltan musulmanes, evangelistas, judíos… ¡El pueblo!

   Por mucho empeño que se ponga, no hay forma de cuadrar un círculo. O de volver acierto lo que fue metedura de pata. Pasa como con ése que, al caer en arenas movedizas, cuanto más se agita por salir de ellas, más se hunde.

sábado, 3 de junio de 2017

MONFRAGÜE, AL PASO  (y 2)

Nos adentramos en parajes de retamas a las que la primavera pintaba de amarillo, caminamos entre jarales aún no salpicados de la blancura que esconden sus capullos, nos envolvimos en el aroma del cantueso o el espliego. Aquí y allá, florecían las encinas y, descorchados, los troncos de los alcornoques vestían de rojo una tierra que era verde. Tras ocasionales alambradas, nos contemplaba la testuz poderosa de toros bravos.
   La quietud de la dehesa serenaba el ánimo.
   Desde el mirador de la Báscula, oteo laderas lejanas. A duras penas, entre la espesura aíslo la copa de un árbol, donde se asienta un nido enorme. En sus bordes, como una sombra, el perfil oscuro de un buitre negro descansa, custodio de su cría. Hemos dado con la rapaz de mayor envergadura del mundo, si no fuera por el cóndor de las Américas.
   En Villarreal de San Carlos, aldea de una sola calle, pero a la que no falta una ermita, emprendemos la andadura que nos conducirá a un paisaje encantado. Allí, un riachuelo que parece adelantarse al estío y se agosta hace poesía en su nombre y su trazado. Malvecino lo llaman, y desconocemos el porqué de ese bautismo, aunque quisiéramos saberlo. Es bello el topónimo y nos atrae el misterio de su origen, pero aún vuelve más hermoso a este arroyo su curso.
   Apenas un leve murmullo delata la existencia del agua, que en su transparencia casi se torna invisible y deja ver, según fluye, un lecho de lajas de piedra o de arena, glauco si, en los remansos, se tapiza, como suele, de plantas acuáticas. Parece imposible que no hayan elegido las nutrias, que gustan de la pureza de su hábitat, este apartamiento para vivir. Pero no se manifiestan, por más que escudriñemos según andamos senderos de ribera o nos colgamos de rústicas pasarelas de madera, aprovechando para ocultarnos el cortejo de árboles que acompaña al río.
   Las primeras horas de la tarde nos sorprenden yendo al Salto del Gitano, un farallón rocoso que, desde la altura, cae sobre el Tajo, cuya superficie calma lo hace dos al reflejarlo. Un escribano montesino se columpia en una rama y un roquero solitario se encarama a un cancho: son hallazgos que no perseguíamos, pero que celebramos.
   Sabemos lo que buscamos, pero encontramos lo que no esperamos. El nido de cigüeña negra que conocemos de antiguo tiene okupas. Una del casi centenar de parejas de buitre leonado afincados en el cantil ha encontrado acomodo en aposento ajeno. Es lo que conlleva ser vecino de estos oportunistas, que aprovechan que empiezan a criar antes para despojar a los demás de lo que con tanto trabajo construyeron.
   Debemos de haber puesto cara de mucha decepción, porque, sin decir palabra, una ornitóloga que está a lo que estamos orienta nuestro telescopio hacia otro punto del roquedo, y cuánto nos cuesta no gritar de júbilo donde ha de imperar el silencio. Una cigüeña negra nos ofrece una delicada silueta, sobre rojas patas de alambre. A sus pies, entre pajas, se remueven tres pollos, de un blanco prístino. Fragilidad y ternura se concitan para que olvidemos el mundo. Colmará el éxtasis el descubrimiento, en el lateral opuesto del peñón, de otras dos nidadas. Si no sabemos para dónde mirar no es, precisamente, porque nos falte qué ver… 

jueves, 25 de mayo de 2017

MONFRAGÜE, AL PASO (1)

La estampa delicada de una cierva levanta la cabeza al paso de nuestro vehículo. Semeja en su inmovilidad una talla forjada por algún artista figurativo al que la naturaleza enamorara. Su actitud de alerta no hace mella en el grupo de congéneres que, ajenas a esa inquietud, pastan con avidez en la dehesa. La escena se repetirá, con ligeras variantes, a lo largo de la vía que nos conduce a la carretera que une Plasencia con Trujillo. A veces es algún macho solitario, de cuernas primaverales y aún escasas, quien nos sale al encuentro, para ocultarse, desconfiado y raudo, entre los matorrales. Y en las inmediaciones de la presa que detiene el fluir del Tiétar, casi podemos tocar a una hembra que nos observa desde el asfalto, yo diría que con más curiosidad que alarma. El coche, parado ante ella, no parece infundirle preocupación, y nosotros, quietos, hacemos todo lo posible por integrarnos en la carrocería de ese animal extraño que para ella es el automóvil.
   Estamos en el parque nacional de Monfragüe, que ya no es fragoso, por más que así lo indique su nombre (Mons fragorum), pues los embalses doman el pretérito bramido de sus aguas, ahora encalmadas.
   Nos dedicamos a ser felices.
   Una tarde que atardece salimos en busca de la mirada roja de un búho real. Sabemos de su presencia en un canchal que se acoge al topónimo de Portillas del Tiétar. Cierto que no lo vemos, ni siquiera nos llegan a los oídos su ulular o sus ladridos. Sólo tropezamos, de cuando en cuando, al escrutar el paredón, con buitres leonados, sus vecinos habituales. Más de un pollo de estos necrófagos luce un abultamiento en su largo cuello, como si por dentro le creciera una gorguera: acaba de recibir alimento de un progenitor y aún no ha dispuesto de tiempo para tragarlo del todo.
   En otra circunstancia, tal vez la ausencia del gran duque, que así se llama también al búho real, nos hubiera defraudado. Tal sucedería si no hubiésemos disfrutado inmediatamente antes, cuando veníamos de camino, de un hallazgo inesperado. No me refiero, con ser ya mucho, a un quinteto de abejarucos que se arrojó al vacío y pintó el aire con estelas de colores; ni a los milanos comunes y reales, que flirteaban con la brisa; ni a las cigüeñas blancas que, olvidadas de torres y campanarios, encaramaban sus nidos sobre profusas copas de encinas o alcornoques. Tampoco el clímax de nuestro contento se originó en la salmódica cacofonía del cuco o en el zureo, triste como un lamento, de las palomas bravías.
   Nuestros ojos habían volado sobre un amplio espacio de árboles y herbazal y fueron a encontrarse en la cima de un roquedo con los de un águila imperial ibérica. El telescopio nos la trajo hasta casi donde estábamos, haciendo nuestra su capacidad visual. Era grande, daba miedo el gancho de su pico y estremecían sus garras. En la oscuridad de su cuerpo sobresalían manchas de un blanco impoluto en la cabeza y los bordes de las alas. El soplo de un suave vientecillo le levantaba algunas plumas. Inconsciente de su carácter de símbolo, desconocedora de cómo se la admira por el solo hecho de existir, permanecía estática. La veíamos y no creíamos que nos estuviera pasando. Ningún otro ejemplar de su especie nos había hecho antes un posado igual, y por un tiempo que duró cuanto quisimos. Cuando al fin nos marchamos, allí permanecía, como un aviso de que, si no los milagros, los hechos portentosos sí que existen. 

martes, 16 de mayo de 2017

LA MADRE SUPERIORA


“Reverendo Mosen, soy la madre superiora de la Congregación, desearía que traspasase dos misales de nuestra biblioteca a la biblioteca del capellán de la parroquia. Ya le diré dónde se tiene que poner. Muy agradecida. Marta”.

Esta Marta que firma la nota antedicha es la esposa del que fue presidente del gobierno catalán, Jordi Pujol. Presuntamente, habla en clave para pedir a un banco andorrano que transfiera dos millones de pesetas de su cuenta a otra del mayor de sus hijos. Según la Policía Nacional, ella y sus siete vástagos ocultaron 70 millones en el Principado entre 1990 y 2014.
   Quien utiliza un lenguaje secreto se supone que algo intenta esconder. La lectura de este texto, no obstante, a nadie dejaría indiferente. Atónito, tal vez. En especial, si se encuentra entre documentación bancaria resulta imposible que pase inadvertido. Tal es la primera paradoja de esta historia. Pone de relieve una imaginación tan fértil que por fuerza llama la atención de cualquier pesquisidor. A no ser que se trate de que pase desapercibido precisamente por lo increíble que parece. Meterse a seguir el hilo del discurrir de algunas mentes resulta ardua tarea.
   ¡Qué curioso es todo esto!
   Se construye una alegoría religiosa para encubrir operaciones ilícitas, de corte pecuniario. ¡Qué magnífica ocasión se ha perdido el Cristo de los Evangelios para expulsar a los mercaderes del templo! Claro que no es la primera vez. En los dos últimos milenios, de cuántas oportunidades no habría disfrutado. La relación entre la Iglesia oficial y el dinero viene de antiguo. Y quizás en ese vínculo ha bebido esta señora en busca de inspiración.

   ¡Lástima –para ella- que tan sólo le haya servido para dar pábulo al recochineo general…! 

domingo, 7 de mayo de 2017

LA SOMBRA INCÓGNITA

Me topé con ella cuando, desde mi balcón, ojeaba el jardín público que se despliega a sus pies. Se dibujaba sobre un cercado de tuyas que, enfrente, bordea otro edificio. Era una forma que se movía, deslizándose por la pared vegetal. Me fijé en que remedaba vagamente una figura humana un tanto distorsionada. El viento sur había traído consigo el sol, así que nada tenía de extraño que fuese la proyección del perfil de un cuerpo situado ante sus rayos.
   En otra circunstancia, seguro que me habría desentendido de ese hombre o esa mujer reales y me centraría en las evoluciones de su sombra, quizás fantaseando sobre si se desplazaría a su libre albedrío, sin ser el sosia de nadie. No obstante, vete a saber por qué, me interesé por la persona que la originaba.
   Entonces la ficción que podría haber creado mi mente se materializó. Delante de la sombra no había individuo alguno a la vista. Era como si tuviera vida propia, como si en un momento dado se hubiera desentendido de quien la generara y éste y ella siguieran caminos diversos.
   La situación se prestaba a fabular. ¿Había huido la sombra de su dueño, aburrida de cumplir con su obligación de constituirse en reflejo? Tal vez se hubiera perdido. Aunque casi me tentaba más suponer que había sido su alter ego corpóreo quien la había abandonado. Verdaderamente, puede resultar agobiante encontrar a otro que te imita constantemente, al lado, detrás de ti o precediéndote, según sea el caso. Tal vez aprovechó una pausa de nubes para dejarla allí, como olvidada.
   Pero ¿adónde iba? De pronto, echó a correr, y sucedió lo que tenía que pasar. Llegó en su carrera al final del seto, pero no por ello desapareció. Simplemente, abandonó su posición vertical y se hizo horizontal al trasladarse al suelo.
   Un poco después, ya no pensaba que soñaba o estaba asistiendo a un fenómeno que desbordaba los límites de la credibilidad. Desde detrás de una zona arbolada, algo lejana, había asomado el personaje cuya silueta y movimientos remedaba la oscura figura que concentraba mi atención.
   Lo curioso fue que no sentí ningún alivio por haber dado, a aquellas alturas ya sin buscarlo, con el quid de lo aparentemente inexplicable. Por el contrario, me hubiera gustado quedarme instalado en el misterio y sus consecuencias. ¡Si ya me veía saliendo todos los días al balcón para averiguar si la sombra enigmática no se había ido para siempre! Quién sabía, incluso, si, bajando al jardín, lograría que la mía estableciera contacto con ella.
   Es lo que tiene la realidad: a veces, decepciona.

domingo, 30 de abril de 2017

GARBANZOS CON BACALAO

Principiaban los 80 del siglo XX. Había ido a Andalucía a enseñar a leer y escribir a gentes del mundo jornalero, pero, aunque eso lo desconocía, también a aprender tantas cosas como ellos sabían y yo ignoraba. Por ejemplo, cómo se cosechaban los garbanzos, incluso de dónde salían, que a mi olla llegaban siempre de la tienda, ya limpios de polvo y paja. Y el aprendizaje no se realizaría mediante observaciones del laboreo in situ, sino participando en la recolección.
   Me lo anunciaron la tarde anterior.  Cuando apenas rompiera el día siguiente, iríamos a echar una mano a un campesino que cultivaba esa legumbre y que asistía a nuestra campaña de alfabetización. En su parcela, cambiaríamos las tornas: él pasaría de alumno a maestro, y los enseñantes nos volveríamos aprendices.
   Y en efecto, recién alboreaba la mañana cuando nos metimos en un campo sembrado de  plantas que levantaban escasamente medio metro del suelo. Entre las hojas escondían unas vainas cuyo abultamiento revelaba el fruto que encerraba su interior.
   Lo primero que supe fue el porqué del madrugón. No se pretendía, como yo erróneamente había supuesto, evitarnos el castigo del sol, que vendría después a asfixiar a cualquier ser vivo que no fuese cigarra. Es que a hora tan temprana pillaríamos a las matas todavía tiernas por el frescor de la noche, sin dar ocasión a que el calor las endureciera.
   Nos entregaron unos calcetines, e hice lo que vi que hacían los demás. Enfundé en ellos las manos. Entendí la utilidad de esta aparente sinrazón tan pronto comprobé que las plantas pinchaban. Había, literalmente, que arrancarlas, cuidando de que ni siquiera la raíz quedase en tierra. Agarrábamos su tallo con la diestra y tirábamos de él hasta abrir el suelo en que se asentaba. Según lo sacábamos, lo sumábamos a los ya extraídos, formando, en la mano izquierda, un ramillete. Cuando éste adquiría un grosor que estorbaba su sujeción, lo depositábamos en un montón. Desgranarlos era tarea que se dejaba para otro momento, del que no puedo dar fe.
   Pasadas unas pocas horas, desdoblamos las espaldas que el trabajo había encorvado y nos encaminamos a una casita, encalada y limpia, donde nos aguardaba el mejor desayuno del mundo: pan fresco con aceite y sal, y un café de puchero con leche, en taza que recuerdo tazón.
   Se me ha venido a la mente este episodio lejano cuando me disponía a echar un vistazo a un cuaderno de recetas familiares y antiguas. La casualidad quiso que lo abriera justo por la página donde se explicaba la manera de proceder para cocinar garbanzos con bacalao. Y ya que os he referido cómo se cosechan los primeros, por qué no hablar de uno de tantos platos como  se pueden elaborar con ellos:
   Han de remojarse, al igual que el pescado que les servirá de compaña, aunque en distinto recipiente y con diferente fin, que si en su caso será el de reblandecerlos, en el del otro perseguirá el desalado. Por espacio de una hora cocerán al día siguiente los garbanzos, que se echan en agua ya caliente, que no recubrirá más allá de un tercio de la olla. El bacalao esperará a que ese tiempo haya transcurrido para, convenientemente desmigajado, unírseles. La cocción conjunta no durará más que los minutos empleados en hacer un refrito con aceite, cebolla picada, un diente de ajo, un vasito de salsa de tomate y un poco de pimentón dulce. Escurrimos el contenido de la cazuela para que no esté con más líquido que el que corresponda a un plato de cuchara, lo aderezamos con el refrito y, ya al final y previa prueba, lo sazonamos al gusto.
   Aunque no hayáis participado en la recolección de la legumbre ni hayáis pescado el pez, seguro que disfrutaréis con su sabor.

viernes, 21 de abril de 2017

REALISMO MÁGICO (CARPETOVETÓNICO)

Al principio no me lo creí. Me resultaba tan excesivo que pensé en una original muestra del talento hispano. Donde menos se espera, me dije, salta como liebre  nuestra afición a la caricatura, que induce a la risa y pone en solfa al poder. Y a fe que la juzgué muy lograda. Había en su fondo mucha desmesura y un algo de verdad. Me pareció que la imaginación del redactor ponía de relieve una forma de ser y una actitud, la beatería y la chulería (me resisto a llamarla soberbia), de un personaje de la vida pública española que, para el caso, semeja escapado de los esperpentos de Valle-Inclán.
   Dolores de Cospedal, ministra de Defensa en ejercicio, había dispuesto, anunciaba la noticia increíble, que la bandera nacional ondease a media asta en la misma sede de su departamento, desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección, cuando se conmemora, en el calendario católico,  la pasión y muerte de Cristo
   “¡Inventan cada cosa!”, dije, divertido, para mí. Y a punto de esbozar una sonrisa estaba cuando caí en la cuenta de que ni era 28 de diciembre, señalado día para esa otra costumbre de nuestra vieja piel de toro que son las inocentadas, ni tenía ante los ojos un semanario satírico. Entendí, entonces, que era verdad lo que en un primer momento había considerado broma.
   Y a fin de cuentas, ¿de qué me sorprendía? Sin duda, había concedido una importancia que no tenía a que la Constitución consagrara el principio de la no confesionalidad del Estado. ¿No nos advierte un adagio popular que media distancia entre el dicho y el hecho?
   ¿Acaso no era conocedor de que todo un exministro de Interior había condecorado con la Medalla de Oro al Mérito Policial a Nuestra Señora María Santísima del Amor, una de las muchas Vírgenes que pueblan el santoral? ¿No recordaba yo, asimismo, que la titular de Empleo encomendara a otra, la del Rocío, el auxilio para salir de la crisis? Por ejemplo…

   Olvidadizo en extremo como soy, había pasado por alto que esto sucedía en España. En nuestra cotidianidad, no hay lugar para lo inverosímil, que a la primera de cambio se materializa a nuestro lado como efectivamente existente. Aquí cabalgamos la modernidad a lomos de la Edad Media. Vivimos en un país de novela, en la modalidad de realismo mágico. Sólo que carpetovetónico.

domingo, 16 de abril de 2017

INMIGRANTES: MUERTES QUE NO CESAN

Recientemente se ahogaron 97 personas en aguas de un Mediterráneo encrespado. Eran hombres, mujeres y niños subsaharianos. Habían salido de la costa libia en busca de Europa.
   No se contaba esa tragedia en la primera página del periódico donde la leí. Acaso piense el equipo de redacción que pierden relevancia informativa sucesos que se repiten. Ya sabéis: lo llamativo no es que un perro muerda a su dueño, sino que el amo haga presa en el can.
   Pero en este caso (en estos casos) la noticia no deja de serlo porque se reitere. Por el contrario, su trascendencia aumenta precisamente debido a la frecuencia con que se produce. No puede aceptarse como normal sólo aquello que es corriente que ocurra. Porque lo anómalo es que sucedan una y otra vez esos naufragios. Que día tras día se pierdan tantas vidas, ésa es la verdadera novedad, que debería abrir todas las portadas y sacudir las conciencias.
    Pretenden alcanzar Europa los migrantes y caen en manos de las mafias. De esos individuos que se aprovechan de la desesperación que nace de la necesidad o del pánico; malas personas, delincuentes que obtienen sus beneficios a costa de la desgracia ajena, gentes sin ética ni escrúpulos, que embarcan hacia un destino incierto a quienes lo dan todo –“todo”, qué palabra más engañosa, que encubre lo poco que les queda- por dejar atrás el hambre, o la persecución, o la guerra. Escapando de la muerte, se encomiendan sin saberlo a los que pueden acabar en sepultureros.
    Las mafias...Parece un juego siniestro, de malvados y de buenos, donde asoma el lado más perverso del ser humano, encarnado en unos pocos traficantes.

   Y, sin embargo, quién dice que son ellos los únicos malos de esta desgraciada historia. No estarían ahí, al acecho, de no ser por otros. ¿Existirían si Europa fuese más solidaria con los que vienen, o con quienes se quedan en sus países? ¿Habría traficantes si no hubiera mercancía con la que traficar?

lunes, 10 de abril de 2017

RÉQUIEM  II

Cuando una voz
anónima
dijo:
hermano blanco, hermano
negro.
Vamos con la
pena
y la cadena
de nuestro pueblo
encadenado.
Que la vean todos y la
rompan
y se desprendan
también.
Porque toda cadena tiene
dos extremos.
[…]
De cansancio, al lado
de
la estatua de la
Libertad
muere
siempre
un
negro.
[…]
Hasta que uno pensó
e hizo
que para terminar con el gemido
sólo
es preciso
acabar con el que gime.
Hoy
fue
en América Luther
King
en abril.
Levántate negro, levántate
blanco.
                                   Juan Manuel Freire
                                   A Coruña, 10-IV-67


Nota- Escribí este poema hace 50 años. Era muy joven entonces. Ahora no escribo poesía. Pero mi sentimiento sigue siendo el mismo.
En su versión en gallego, cantado por la voz grave y profunda de Xerardo Moscoso, de Voces Ceibes, fue editado por EDIGSA.

domingo, 2 de abril de 2017

ISABEL CARRAGAL DA COSTA

Es una información que leí en el periódico El País del  pasado 29 de marzo, firmada por Sonia Vizoso. El titular era tan llamativo que me fue imposible pasarla por alto. Decía: “Con metástasis y obligada a trabajar”. Lamentablemente, no se trataba de sensacionalismo, de un reclamo hiperbólico que buscase la atención del público. El cuerpo del artículo en todo se adecuaba al encabezamiento. A medida que iba leyendo, me parecía estar masticando ortigas.
    Ella era gallega y trabajaba en una fábrica de pescado. Se llamaba Isabel Carragal da Costa y tenía 46 años. Hablo en pasado porque ya no vive. Falleció el 13 de marzo, aquejada de cáncer. Desde 2013 peleaba por sanar.
   Tres meses antes de su muerte, le habían denegado la incapacidad absoluta, con el argumento de que su estado de salud le permitía trabajar para ganar más de los 388 euros mensuales de la prestación que le concedían.
   Criaba a dos hijos, había cotizado 20 años, estaba tan mal que enseguida se murió. Pues nada, al tajo, aunque fuera “dolorida”, como ella decía.
   Me meto en la piel de esta mujer y siento un oscuro espanto.
   Lo que no consigo es ponerme en el lugar del tribunal que sentenció; del Instituto Nacional de la Seguridad Social, que, antes de la decisión judicial había alegado que no invalida por sí sola una enfermedad grave; de, en fin, quienes dieron rango de ley a una normativa cuya aplicación produce consecuencias tan faltas de humanidad (el Partido Popular se negó a cambiarla en 2014, cuando el Bloque Nacionalista Galego lo propuso en el Congreso de los Diputados con el aval de 500.000 firmas de apoyo).
   Me acordaré de Isabel Carragal da Costa cada vez que vea lazos rosas en las solapas de según qué políticos, que se las pondrán en días señalados. De cómo ella misma –“Callarse es cosa de cobardes”, decía- "se movilizaba para denunciar públicamente la `tortura´ socioeconómica que se oculta entre los lazos rosas y  y las campañas institucionales en favor de la lucha contra el cáncer".

   Hace mucho tiempo que renuncié a compender el mundo. Sin embargo, sigo pensando que eso no debe impedir que continuemos peleando por cambiarlo.

sábado, 18 de marzo de 2017

EL UROGALLO QUE NO CANTÓ PARA MÍ

La única ocasión en que oí cantar a un urogallo yo desconocía que estaba oyendo cantar a un urogallo.
   Sólo supe quién había sido aquel músico anónimo muchos años después, cuando, a la vista de un documental sobre naturaleza, su canto salió, nítido, simultáneamente de la pantalla y del baúl de mis recuerdos.
   Me había sucedido en el bosque asturiano de Muniellos. Mediaba una mañana que debía de ser de primavera y llevaba varias horas subiendo montes, cuando percibí aquel sonido. Era un tic ap reiterado y tan poco melódico que me hizo dudar de si procedería de la garganta de un ave o si se trataría de percusión, como golpeteo extraño. Deseché pronto la idea de que fuese un pájaro carpintero que picase algún tronco en busca de insectos, pues ese ruido sí me resultaba familiar y éste que ahora me llegaba no se le parecía.
   Tiempo atrás, unos amigos me habían ofrecido la oportunidad de acercarme a un cantadero, ubicado en un claro, en medio de espesuras remotas. Me atraía la experiencia de caminar durante la noche por senderos ignotos para sorprender al ave entonando su romanza de amor al amanecer, pero finalmente la expedición no se llevó a cabo y hube de quedarme con las ganas y sin saber cómo cantaba el urogallo.
   Eso sí, me habían contado que cuando lo hacía suspendía sus sentidos hasta tal punto que su propio canto lo dejaba inerme ante cualquier predador, pues, embebido como se hallaba, no notaba su presencia. Ello era aprovechado por los cazadores de antaño, que se le acercaban mientras emitía su trova y se inmovilizaban en sus silencios, para evitar que, al recobrar la percepción perdida, pudiera localizarlos.
   Yo creía que una melodía que obnubilaba hasta ese punto a su intérprete y lo volvía absolutamente ajeno al entorno por fuerza había de ser muy bella. Nada que ver con la sosería del monótono soniquete que en aquellos instantes me llegaba. No caí en la cuenta de que lo que embelesaba a la gallina del urogallo, que, seducida, cedía a menudo a su cortejo, ni me estaba destinado, ni, por tanto, tenía por qué resultarme grato.
   Y aquel ser tan hermoso continuó siendo un misterio de los bosques para mí, que tanto hubiera dado por verlo o, al menos, por oírlo con consciencia de que lo hacía. 

lunes, 13 de marzo de 2017





Y ALCANZAMOS ÍTACA...

Abarca  la fotografía únicamente un breve fragmento de la cola. Es gente que aguarda a que abran las puertas del paraninfo de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Han llegado pronto para escoger buen sitio, tal vez para no arriesgarse a quedar sin asiento. Lo cierto es que cuando entren todos, no quedará libre una sola de las cerca de quinientas butacas que conforman el aforo. El llenazo es absoluto.
   Dos horas de representación después, salgo a saludar, junto con los actores, al público. Han encendido las luces de sala y veo cómo nos miran, y están sonrientes y nos aplauden. No parecen tener prisa por dar por concluida la función e irse, pese a que son cerca de las diez de la noche. Parte de esos espectadores retardará todavía más la partida para felicitarnos personalmente.
   Sobre el escenario, hace un momento que Odiseo ha conseguido volver a su patria y se ha reencontrado con Penélope, tras superar duras pruebas y sufrir ella el acoso de sus pretendientes. Y siento que también nosotros, la Agrupación Escénica (amateur) Unos Cuantos, hemos alcanzado, a la vez que el héroe, nuestra particular Ítaca, sólo que él perdió a sus hombres por el camino y nosotros llegamos todos. Nuestra Ítaca es aquélla donde habitan los aficionados al teatro, que gustan de que les cuenten historias con sus protagonistas materializados en carne y hueso. ¿Qué sería sin ellos de nuestro trabajo y esfuerzo?
   Muchas gracias

miércoles, 8 de marzo de 2017



Venimos a proponeros un salto en el tiempo. Considerad que os encontráis en el ágora de una ciudad, en la Grecia Preclásica. Un aedo comparece para distraer vuestro ocio: nada menos que Homero, quien, asistido por cinco griegas, os contará las aventuras de Odiseo en su regreso a Ítaca, su tierra, desde la lejana Troya. Ante vosotros desfilarán dioses, sirenas y cíclopes, nobles a menudo innobles, hechiceras y hasta muertos que habitan más allá de la laguna Estigia. Por entre ellos, se abrirá camino Odiseo, que experto en ardides, se forjará como héroe luchando contra la adversidad.

   Escuchad y abrid, asimismo, los ojos. Porque el rapsoda se servirá de la palabra, pero también de actores que volverán visible lo que relata. Es la Odisea hecha teatro. Os queremos tan asombrados como los niños cuando empiezan a descubrir el mundo a través de los cuentos... 

jueves, 2 de marzo de 2017

EN TORNO A SANTO ESTEVO

Es una templada mañana de otoño. El cielo está sin nubes, pleno de azul y de luz. El día se libera de grises y la transparencia se adueña del aire. En tierra, el relieve se torna voluptuoso, las montañas olvidan agudezas y redondean sus cimas. Las laderas van, con suave laxitud, a encontrarse, y se enlazan unas en otras. Un  verde hecho de bosques se hace con el espacio y coloniza los cuatro puntos cardinales. Ocasionalmente, sin embargo, surge una llamarada entre la arboleda infinita. Tal vez sólo sea un álamo, que se ha adelantado a tintar sus hojas de amarillo.
    Manso, casi perezoso, pronto a ocultarse tras el recodo que siempre acaban por trazar sus aguas, un Sil aún no entregado al Miño que lo llevará al Cantábrico se encañona a nuestros pies, desde cualquiera de los muchos miradores que lo avistan. En la otra ribera, la pronunciada pendiente atempera su caída. Un trabajo de siglos la ha modelado en gradas, para acoger vides que ahora muestran el color del otoño, en una gama que va del rojo al ocre. Mis prismáticos indagan, curiosos, entre los bancales: a veces, la vertiente que rompen es tan vertiginosa que, para subir la uva cosechada a la carretera, los vendimiadores la van depositando dentro de una vagoneta que se desliza sobre raíles.
    Paseamos entre castaños que, de contarlos, serían cientos de miles, millones acaso. De cuando en cuando,  prorrumpimos en una exclamación asombrada. Es un reconocimiento al porte y a la edad de algunos ejemplares. Produce un escalofrío pensar que estaban aquí plantados cuando Os irmandiños se levantaron en revuelta. Quizá a más de uno llegaron los ecos de una cantiga de amigo, o un eremita medieval oró bajo su copa.
   Las castañas son, en estos parajes, pequeñas, pero su número, y dicen que su sabor, compensan ese tamaño escaso. Ni los afanes de los lugareños por recolectarlas, ni los de la fauna salvaje en la rebusca, impiden que apenas se vea el suelo y que resulte casi imposible andar sin pisarlas. Erizos abiertos nos las muestran, a menudo, como hornacinas naturalmente hermosas.

    A mediodía, una señorina entrada en años se apoya en la verja que cierra una huerta y desde allí nos observa. Es tal la fijeza de sus ojos que por un momento pienso en su cordura. Nos hemos parado a consultar un mapa de carreteras, porque dudamos de adónde estamos yendo. Ella no nos habla nada, hasta que le preguntamos. A sus palabras deberemos localizar el mirador que llaman Madrid y, más tarde, dar satisfacción al estómago en O curtiñeiro, un restaurante de Parada de Sil que, a 12 euros per cápita, nos trae a la mesa una comida de la tierra que colma nuestras expectativas.
   Qué bien hemos hecho en venir.