lunes, 20 de noviembre de 2017

LA ARGENTINA QUE VI (1): DESDE EL AIRE, BUENOS AIRES

Era el 30 de octubre, en 2017, y se me caían los párpados. A duras penas mantenía abiertos los ojos. Poco habían podido ver, además, durante el vuelo, que duraba ya doce horas y media. Había cerrado la ventanilla a la luz, que parecía resistirse a desaparecer a medida que avanzaba una tarde empeñada en no ser noche.
   A 10.000 metros de altitud y casi 1000 km por hora, nos dirigíamos, desde España, hacia el suroeste, en busca de Argentina, que está no sólo en América, sino al sur de todas las Américas.
   Había entretenido el tiempo y la fatiga en pensamientos, a veces gratos. Leí de cabo a rabo el periódico, incluidas las noticias y artículos de opinión sobre Cataluña, pese a que uno de los alicientes del viaje consistía en olvidar durante algo más de una semana el monotema. Y había visto una película y luego un documental de naturaleza.
   No había dejado pasar una sola de las dos o tres comidas que nos sirvieron, más por olvidar la monotonía y ganar tiempo al tiempo que por saciar el hambre o, en menor medida aún, homenajear al paladar.
    Pero, a la postre, terminaba por aburrirme y subía la persiana de la ventanilla para enfrentarme al mundo de afuera, con la esperanza de que hubiera cambiado. Allí seguía, sin embargo, el mismo panorama de nubes, blancas y rotas. A través de sus resquebrajaduras, divisaba, muy abajo, el océano, de un azul oscurecido. Era como si estuviera viendo un cielo invertido.
   Me sentía agotado, paradójicamente de no hacer nada, como no fuera permanecer en mi asiento o emprender una breve andadura de pasillo, siempre atento a que una turbulencia me devolviese a mi sitio.
   Amodorrado, aún sin dormir del todo, pero con la consciencia disminuida, llegaba a creer que el avión, baqueteado cuando encontraba un bache en el aire, era, con su traqueteo, un tren que circulaba por una llanura interminable. Esa impresión se reforzó cuando, al fin, el sol alcanzó el ocaso y se perdió entre las sombras. Yo miraba cómo cambiaba de color el horizonte, que iba pasando de naranja a amarillento, para acabar en finísima línea de luz.
   Y de repente apareció. Su avistamiento me hizo recordar un poema que, referido a A Coruña, recitaba en mi infancia: “Se me deran a escoller, eu non sei qué escollería: se entrar na Cruña de noite ou no ceo de día” (1).
   Parecía que todas las luciérnagas del mundo se hubieran puesto de acuerdo para asistir a una convención. Era un mar de luminarias que, bajo nosotros, dibujaban cuadrículas ordenadas, en una infinitud sin límites. Se diría que millones de viviendas encendían al unísono sus bombillas. Entre ellas había como látigos de fuego, que eran grandes avenidas o autopistas. Tan sólo el río de la Plata ponía coto a ese dispendio estético con la oscuridad de sus aguas.
   Buenos Aires nos recibía con un gran espectáculo. El suyo.    
  

(1). “Si me dieran a escoger, yo no sé qué escogería: si entrar en La Coruña de noche o en el cielo de día”.

lunes, 13 de noviembre de 2017

“UN ESCENARIO SIN FRONTERAS”: LA OPINIÓN DEL PÚBLICO

Ésta es una experiencia teatral única, y no por irrepetible (esperemos que a la primera actuación sigan otras), sino por quienes la protagonizan. Sus hacedores son participantes en el Taller de Inserción Socio-laboral DÍNAMO y trabajadoras del mismo. Cuentan con la colaboración de nuestra Agrupación Escénica UNOS CUANTOS: les  aportamos guiones de escenas y les prestamos dirección y apoyo técnico.
   “Un escenario sin fronteras”, se ha titulado este montaje. Y lo va a ser por su temática, pero también por sus intérpretes. Diversidad de tonos y acentos (subsaharianos y marroquíes, de Colombia y de Argentina, españoles…) conviven en un grupo que es en sí mismo un canto a la diversidad, un mundo en pequeñito.
   Nunca hasta ahora se habían subido a un escenario.                                                        
   Nadie es más que nadie, decía Antonio Machado, y eso mismo vienen ellos a decirnos: con otras voces y una mímica que, a fuer de expresiva, se vuelve palabra.
(El texto anterior fue publicado en este blog el 5 de julio pasado. Sirva para contextualizar lo que sigue).

   
Al final de la representación, el 8 de julio, entregamos a los espectadores un folio en blanco. Queríamos su valoración. Y esto nos dejaron escrito quienes nos las entregaron:
  
“Me encanta esta iniciativa. Pertenezco a una asociación de nueva constitución que, como vosotros, persigue y cree en la integración de las personas. […]. Estaría encantada de recibir información de vuestro trabajo”.

 “Me ha parecido un proyecto maravilloso, seguid con estas iniciativas que nos emocionan y nos hacen estar más cerca de personas que no conoceríamos en otras circunstancias. Gracias, gracias”.

“Mejor imposible. Muy expresivos, totalmente conseguido trasmitir la emoción y el mensaje. Como pega: la luz que se apaga para cambio de escena, molesta el cambio brusco, pienso que sería más agradable bajada de intensidad gradual”.

“Hemos vivido emociones. Hemos sentido, disfrutado, meditado,... en una palabra, habéis conseguido recrear situaciones, llegar al alma, hacernos sentir en una palabra. Un abrazo a todos. ¡ADELANTE!”

“Me ha encantado veros y escucharos, ojalá que este proyecto tan chulo siga adelante y hoy haya sido la primera de muchas veces. ¡ARTISTAS!”

“Maravilloso! Con casi nada se pueden hacer grandes cosas. Solo hay que ponerse a hacer algo”.

    “Emocionante, muy auténtico, muy natural y sorprendente e ilusionante. Enhorabuena. Con estas manifestaciones, el mundo puede cambiar”.

“Me ha parecido una experiencia positiva, refleja la sociedad de hoy en día. Un poco triste pero muy realista. Enhorabuena a todos los participantes y suerte para todos”.

“Como siempre ha sido estupendo. Desde los cuentos hasta el perro moribundo. Gracias por compartir y hacer sentir. ¡Viva el teatro!”.

“Fácil, la escena de los cuentos. Rica. Parecía incompleta la segunda. Me encantó, sobremanera, la estética de la tercera. La 4ª, dura de tragar. Gracias”.

“¡Me he emocionado! Una idea fantástica que esta gente haga teatro. Interesante. Me ha gustado mucho”.

“A mí me ha gustado mucho la puesta en escena de `Un tazón de caldo´. Me ha parecido muy original y muy didáctico. ¡¡¡Ánimo!!! A seguir trabajando”.

“Me gusta todo. Me alegro”.


“Emocionante la participación multicultural. Muy buena iniciativa. Se agradece el esfuerzo de quienes han tenido que contarnos su cuento en nuestro idioma. ¡Espero poder asistir al próximo espectáculo! Enhorabuena”.

domingo, 29 de octubre de 2017

ESTO NO PUEDE VOLVER A PASAR (y 3)

Confieso que, si es verano o, aun no siéndolo, hace calor y falta la lluvia, siento cierta prevención  cuando salgo a la montaña, sobre todo si está arbolada. Me da por pensar en que a lo peor se incendia y quedo atrapado por las llamas. Ese temor se incrementa cuando todavía no se ha disipado el humo en Galicia, en Asturias, en Portugal.
   Alguien puede prender un cigarrillo en el campo que asuela la sequía. Una brasa desprendida, una colilla mal apagada, que aviva la brisa, encontrarían un entorno propicio para propagarse. No sería la primera vez que una barbacoa hace de su derredor una pira gigantesca. O que a un vecino se le ocurre quemar rastrojos, o restos de una poda, o matorral, sin contar con las condiciones climatológicas o la voracidad del fuego.
   Y quién me dice a mí que no ronda los parajes que apetezco andar un pirómano, de ésos que se satisfacen en lo que a todos horripila, y que con tal de darse gusto son capaces de provocar una catástrofe. Quizá, alucinado por las llamas, haga oídos sordos a los gritos de auxilio. ¿Lo satisfará también, al día siguiente, la contemplación del paisaje carbonizado que deja tras de sí?
    Para rematar la lista de peligros a que me aventuro en mis excursiones, oigo que se habla en ocasiones de gentes, que, sin mediar escrúpulo, sacan partido de que se calcine el bosque y le arriman por ello la cerilla.
  Tal vez debería quedarme en casa mientras no decaiga el estiaje, pienso, en tanto me calzo las botas y requiero con los ojos los prismáticos pajareros o el bastón de caminante. Habrá que mirar el cielo por si trajera el aviso de la humareda, y oler, no sea que del aire estén desapareciendo las fragancias y huela únicamente a chamusquina.
   Se me ocurren tantas cosas, que pondrían freno a mis inquietudes y, sobre todo, a tanto drama comunal… Ni siquiera son ideas originales: desbrozar el sotobosque, cuidar los cortafuegos, incrementar la vigilancia, educar y concienciar a toda la población dentro y fuera de los centros escolares, prohibir totalmente el aprovechamiento de la madera o el suelo quemados, diseñar una política de reforestación que reniegue de especies pirófilas (eucaliptos, pinos) y, por supuesto, favorecer la ampliación de los medios anti-incendios… Algo se ha hecho, pero no es para darse por contento…
   ¡Será por dinero! ¿Cuánto se ha gastado en la extinción? ¿Cuánto se ha perdido en lo que ha ardido? Y esas vidas, que ya no serán.

lunes, 23 de octubre de 2017

ESTO NO PUEDE VOLVER A PASAR (2)

Veo una osa con un osezno, en una instantánea que me trae la prensa. Están muy quietos, en medio de un pedrero, dentro de un bosque, cerca de Cangas del Narcea, donde Asturias mira ya a Galicia. Contra lo esperable, el esbardo no se separa de su madre, no se dedica al juego o a la exploración del mundo. Ambos se tocan, de tanto que se juntan, y uno y otra dirigen los ojos al mismo punto del entorno, que acaso esté arrasando el fuego. Será esa circunstancia, pero me parece frágil la poderosa estampa del plantígrado.
    En otra página, aparece una cierva de buen porte. Quizás esté preñada, pues es tiempo de celo y berrea. Contraviniendo hábitos ancestrales, no se esconde en lo más remoto  del monte, donde un fotógrafo naturalista la haya sorprendido. Se halla en una carretera de Degaña, y nadie diría que está muerta. Tumbada sobre el asfalto, semeja durmiente, y, sin embargo, nunca despertará de ese sueño. Árboles carbonizados escoltan la vía, a un lado y otro. Pienso que, por huir del incendio, buscó refugio en la calzada, que no ardería y no pondría, en su lisura, obstáculos a la escapada. ¿Hacia dónde, si, delante y atrás, sólo fuego podía encontrar?
   Menudean en las ilustraciones de los periódicos imágenes oscuras, de campos sin pasto, de bosques de troncos negros, sin maleza, ni espesura, sin el follaje amarillo del otoño. Como si estuviese allí, percibo un calor que no viene del sol. Siento una extraña sensación de silencio, y es que me faltan trinos. ¿Qué ave habitaría esas soledades calcinadas? Y si, de paso hacia otras latitudes, detuviese su vuelo al alcanzar estos parajes, ¿le quedaría ánimo para cantar?

miércoles, 18 de octubre de 2017

ESTO NO PUEDE VOLVER A PASAR (1)

Galicia está de luto. Se ha vestido de negro lo que siempre fue verde.  El paisaje se hace ahora de campos y bosques que oscurecen la mirada, de ríos y fuentes de ceniza. Dante no encontraría mejor escenario para su infierno imaginado.
   Pareciera que tuvieran voz los árboles, pero sólo crepitaban, abrasados, como pidiendo un auxilio que les llegaría tarde. Y ardía como yesca la hierba, que esperaba lluvia tras larga sequía.
   Fue el día del fin del mundo para infinidad de animales. Muchos, más lentos que las llamas, no consiguieron escapar a su acoso, por más que se arrastraran, o corrieran, o volaran. Los que no perecieron sorprendidos por el fuego y quisieron huirlo se ahogaron en la humareda que, como maléfica niebla, los envolvía, sin prestarles humedad u oxígeno.
   Y estaba, también, la gente. En medio de la tea gigantesca que enrojecía la noche, cercados por el fuego, emprendían los vecinos escapadas de final incierto; veían cómo se rompían sus biografías, hechas de tiempo y de trabajo; cómo, tras de sí, perdían todo lo que hasta entonces había sido suyo. O se lo disputaban a la voracidad del incendio, codo con codo con mermados y esforzados  servicios de extinción, o solos, si no llegaban a donde ellos. Con calderos y mangueras, con escobones y palas y azadas, fueron  David contra un Goliat que se multiplicara azuzado por el viento.
   ¿Cuánto costará reparar este desastre? (y nadie devolverá la vida a cuatro personas que murieron). A buen seguro, muchísimo más que lo que habría supuesto prevenirlo.

   ¿Por qué no se hizo, entonces?

viernes, 13 de octubre de 2017

DE TRASHUMANCIA

Detengo un caminar que se hace de buen paso, no por recuperar el aliento, aunque se me haya acelerado la respiración, sino por mirar atrás. Sólo demoro la parada un instante, y enseguida vuelvo a las andadas, que es ir deprisa, deprisa. Si me quedo quieto, así sea unos segundos, una manada de vacas, que unos metros tras de mí ocupa todo el frente de la vereda, amenaza con venírseme encima. Reses que brillan de puro lustrosas, avanzan casi corriendo. En la negrura avileña de su estampa se destaca una cornamenta blanca y larga, tan afilada como si estuviera hecha exclusivamente para la herida.
   Quisiera que fuese respeto lo que me infunden, pero es que meten miedo a mi ser de urbanita bisoño en estos lances. Y eso que esta aventura no me la he encontrado, que he venido a ella exprofeso.
   La partida se hizo recién nacida la mañana y acumulan las pezuñas del rebaño una veintena de kilómetros cuando nos incorporamos a la marcha. Estamos descansados, pero nos hemos perdido las migas a la usanza extremeña que hubo en el desayuno campero. Vienen de donde el arco romano de Cáparra y con ellos nos dirigimos a las inmediaciones del pueblo judío de Hervás. Somos como actores que interpretaran el papel de pastores en ciernes.
   A un lado y otro de la cañada, el sol asfixia la hierba que fue. En el paisaje abrasado, sólo en los árboles se refugia el verde. Vaqueros de verdad, que van a pie o a bordo de tres o cuatro todoterrenos nos van colocando a los neófitos donde se abre una bifurcación en el carril o ante un espacio sin vallado de protección. Está la vía pecuaria muy deteriorada y hemos de evitar que el ganado se nos vaya de la ruta.
   Yo pruebo a conminar a los cuadrúpedos con la mirada, sin mucho aspaviento, aparentando un aplomo y unas dotes de mando que estoy lejos de poseer. En un momento dado, por guardar distancias con esa masa oscura que acaso ni repare en mí, retrocedo un poco y casi me ensarto en unas zarzamoras que tengo a la espalda.    
   Una vaca revirada burla nuestras medidas precautorias y abandona a sus congéneres para lanzarse a la aventura. Rebasa la línea que trazan nuestros cuerpos y se interna en un olivar, donde experimenta la sensación de libertad. Entonces entiendo por qué nos acompaña un jinete. Pronto galopa a la par de la rebelde y no ceja en la persecución hasta que consigue devolverla con los suyos. Lo más curioso, sin embargo, es lo que me sucede a mí, que, sin encomendarme a dios ni al diablo, ni pensarlo, salgo disparado, blandiendo un bastón y voceando interjectivamente al animal díscolo. En aras a la verdad, estoy por apostar que, dado el espacio que nos separaba, no se dio por enterada de mi enfado, ni, afortunadamente, enfrentó su determinación a la mía.
   De cuando en cuando, una carretera parte en dos la cañada. Mientras el rebaño cruza el asfalto, cortamos el tráfico, sin que se oiga un claxon de impaciencia o una queja. A todo lo más, nos encara una mirada curiosa, que revela a la gente venida de otros pagos. Si se fija en mí, tal vez, en el mejor de los casos, no sepa a qué carta quedarse, en cuanto a mi condición extemporánea de pastor.
   Llegamos a destino cuando ya pasan de las tres de la tarde. Las reses comen de un pasto seco y amarillo, y nosotros de una paella del mismo color, obsequio del mayoral, que sabe a gloria. A la sombra de una encina, pienso, no obstante, que el verdadero regalo fue habernos permitido vivir esta experiencia. 

viernes, 6 de octubre de 2017

CLAMOREO DE CIERVOS

Atardece en las dehesas de Monfragüe. Hace rato que el sol de finales de septiembre ha dejado de arrancar tonalidades rojizas a los alcornoques. Sus troncos descorchados  ya no semejan llamaradas en medio de un campo sin lluvia. Apenas son ahora distinguibles de sus vecinas las encinas. Muy al fondo, el llano se torna serranía. Los árboles, que se aclaraban en la planicie para dar una oportunidad al pasto, se aprietan sin que quede espacio para un respiro.
   El paisaje, de pura quietud, parece pintado. También yo, y no por una suerte de extraña mímesis. Condiciona mi estatismo la atención con que miro y, sobre todo, el silencio que me impongo por que no se me escape un ruido, y que estorbaría cualquier movimiento, por mínimo que fuera.
   Se oyen voces poderosas, que vienen de todas partes. Aquí y allá, rompen el anochecer gargantas que no temen despellejarse en su empeño por gritar más alto. El monte entero resuena como un eco multiplicado, un coro extraño, cuyos componentes no cantaran al unísono. Al bramido de un astado en celo sucede otro, que lo replica.
   Son sonidos guturales, oscuros, tan duros como si salieran de los canchos de granito que sobresalen en el cordal que dibujan las cumbres. Duran poco, pero compensa su brevedad la reiteración y el volumen con que se emiten. Un ciervo laringítico se esfuerza por no faltar al concierto, aun a riesgo de quedarse mudo. Y, entre la barahúnda, me sobresalta un como ladrido de solo tono, o tosido de  perro gigante, como si fuera a salirle y no le saliera berrear.
   Se dirían esos mugidos en su cadencia lamentos, cuando son pura expresión de fuerza y dominio, como embestidas acústicas, que midieran a distancia el poderío de la filigrana afilada de las cuernas, sin necesidad de llegar a las manos. Está lleno el aire de desafíos.
   Otorgaría quien callara. Nadie disimula, ni saca ventaja del silencio. Ninguno de estos machos quiere pasar desapercibido y obtener ganancia de no ser notado. Antes bien, se trata, en buena lid, de hacerse presente y sobreponerse al adversario, de advertir de su control sobre un harén y un territorio. Y, de paso, de regalarnos un espectáculo de los que no se olvidan.

martes, 3 de octubre de 2017

MI REPULSA

No se resuelven los conflictos como el de Cataluña a porrazos, ni con pelotas de goma, violentamente. Lo sucedido el pasado domingo merece repulsa y condena, sin paliativos. También una exigencia de responsabilidades. ¿Quién pudo ordenar semejante disparate? No se apaga un incendio con gasolina.
   El Partido Popular metió la pata una vez más. Ya lo hizo cuando, recurso al Constitucional mediante, tumbó el nuevo Estatut. Nada le importó que hubiese sido aprobado por el Parlament ni su refrendo por la población catalana o su paso por el Congreso de los Diputados. A ello siguió la inacción y falta de diálogo y negociación durante sus años de gobierno.
   Y ahora, esto…


Adenda: Lo dicho anteriormente no debe considerarse un apoyo a los planteamientos del Govern de la Generalitat y su mayoría parlamentaria. Una cosa es rechazar la represión y la política del PP y otra dar por válida la convocatoria de un referéndum sin garantías, el ninguneo de la oposición, el menosprecio de la mitad de los catalanes. O, ya sería el colmo que lo hicieran, una declaración unilateral de independencia. 

martes, 26 de septiembre de 2017

MICRORRELATOS (VIII)


Suena a contradictorio, pero me gustan los desenlaces que son a un tiempo previsibles e impredecibles. Surgen como piruetas inesperadas que, curiosamente, una vez conocidos, nos parecen tan lógicos que casi no podrían ser otros. En los microrrelatos, el componente sorpresivo es aún mayor: una sola frase quiebra un argumento mínimo y le pone punto final.  


El aire jugó un instante a ser viento y le arremolinó la falda. Al levantar la vista, los ojos de la chica encontraron a los del muchacho que la miraba. Era él quien se había puesto colorado.

                                   ……………………………………………………………..

El cliente preguntó al camarero qué era el raxo, porque estaba en Galicia y ese nombre bautizaba, en la carta, un plato. Al interpelado le pareció que una imagen valía mil palabras: “Viene siendo esta parte de aquí”, respondió, señalando, sobre su propio cuerpo, el lomo. El comensal en ciernes pasó página apresuradamente. No era antropófago.

                                   …………………………………………………………………

Entreabrió los ojos a la luz y como si no, porque en torno sólo había negrura. Dejó que transcurriera un tiempo para que llegara el día. No fue hasta mucho después  cuando se dio cuenta de que la ceguera había entrado en sus pupilas.

                                   …………………………………………………………………

De un bocado, engulló la carnada el pez. Se cimbreó entonces violentamente la caña, como si se entregara a una danza alocada que no obedeciera a norma alguna. El pescador maldijo el hambre del animal, que en aquel momento identificó con la gula. Le había arrebatado el dolce far niente en que se había instalado.

                                   …………………………………………………………………..


En busca de inspiración, un novelista leyó cuanto llegó a sus manos de un crimen real y de autoría desconocida. Luego, se puso a escribir un thriller. Resultó un relato  verosímil, que fue muy celebrado. Con lo que no contaba era que policías aficionados al género negro se presentaran en su domicilio y trajeran una orden de arresto. ¡Era tan convincente la trama que había urdido que venían a cerrar el caso!

lunes, 11 de septiembre de 2017

DE CENIZOS Y TEATRO

Fue una tarde de invierno de hace mucho, y, para mi pesar, el episodio duró un buen espacio de tiempo. Iba al frente de unos cuarenta estudiantes de entre 16 y 18 años a los que sus ganas y mi empeño convertirían en actores. Estábamos en las horas previas al estreno de “Érase una vez la televisión”, una parodia de la programación de la pequeña pantalla que no excluía a los televidentes. Ensayábamos y a mi alrededor todo era una algarabía de nervios, de voces que constataban faltas y reclamaban la presencia de los ausentes, de correcciones últimas y de risas.
   De entre aquel maremágnum se vinieron hacia donde yo estaba tres integrantes del elenco. Por atenderlos, tuve que distraer la atención del escenario, donde parte del grupo se esforzaba en encarnar a los personajes del capítulo mil quinientos de una telenovela muy melodramática y a un supuesto espectador que, conmovido, se enjugaba las lágrimas con una sábana, de copioso que era su llanto. Hube de aguzar el oído para que me llegase su voz.
-         ¿Tú crees que va a salir algo de aquí?
    Entendí perfectamente que se trataba de una interrogación retórica, de esas que no precisan de respuesta. La contestación ya la tenían ellos. Pero yo hice como si no.
-         ¡Claro! –dije con convencimiento, a sabiendas de que contravenía su opinión.
   Me miraron con una desconfianza infinita, y esta vez abandonaron el circunloquio y se dejaron de preguntas que no preguntaban. Sus palabras sonaron lúgubres, más que como predicción, como sentencia inapelable.
-         Será un desastre -dictaminaron sucintamente, reafirmándose en sus agoreros vaticinios.
   Sólo les restó añadir que yo los había conducido a la debacle que nos aguardaba. Y, ciertamente, en eso, de producirse, no les faltaría razón. Yo había fijado la fecha de la actuación y, además, había buscado para el estreno una localidad que no era la nuestra. Ni familiares, ni compañeros, ni amigos iban a disculpar nuestros fallos. Aunque, ciertamente, yo esperaba que, de haberlos, fueran eclipsados por los aciertos.
-         Quedará bien, ya veréis –les repliqué. Y di por concluido un diálogo que sólo podía aportarme desazón.
   A punto estuve, si es que no lo hice, no lo recuerdo, de dictarles una orden de alejamiento, que les impidiera acercárseme hasta donde pudiera oírlos. Y evité también encarar en lo posible sus rostros enfurruñados. “Tienen miedo escénico”, pensé, quién sabe si por disculpar su prevención o por que no minaran mi propia autoconfianza. Con todo, reconozco que algo mal sí lo pasé. Luego, cuando dio comienzo la función, y a medida que se desarrollaba, miré a las caras del público y los vi reír con ganas, por un instante elucubré sobre los males que trae consigo el pesimismo. Máxime si, además, quienes lo padecen representan, como fue el caso, espléndidamente sus papeles.

   Allí aprendí algo que posteriores experiencias habían de corroborar. A veces, en el teatro lo más difícil no es dirigir, aunque se ejerza de director.

lunes, 28 de agosto de 2017

MÁS QUE UN ABRAZO

Que un hombre y una mujer, vestidos ambos a la usanza occidental, se fundan en un  abrazo y compartan lágrimas con alguien a quien sus ropajes señalan como musulmán, ya sería de por sí destacable en estos días convulsos. Transmite un mensaje fraterno, de unidad, tras los atentados de Barcelona y Cambrils. Cobra aún mayor relieve cuando se conoce  la identidad de los protagonistas. La pareja son los padres de Xavi, un niño de tres años, que fue uno de los que perecieron en el atentado de La Rambla el jueves 17 de agosto. El otro es Dris Salym, imán en una mezquita de Rubi. La imagen está tomada durante una concentración de repulsa y de solidaridad, que congregó a unos setecientos vecinos, a los que se ve aplaudir.
   Están diciendo al mundo que no es el islam quien mata. Se lo dicen al Estado Islámico, para quien sería un regalo que nos dividiésemos en dos bloques, que considerásemos enemigos a los millones de seguidores de esa fe. ¿Imagináis lo que pensarán los del ISIS al ver esa fotografía? Se aviene tan mal con sus planes… Los condena al ostracismo, los aísla, los deja donde tienen que estar, solos, y, por ende, vulnerables.
   Qué más quisieran, que su crimen sirviese para que se señalase a la comunidad musulmana con dedo acusador, haciendo que pagasen justos por pecadores, propiciando sentimientos de exclusión y hostilidad mutua.
   No son los únicos que se llevarán las manos a la cabeza en señal de disgusto ante esa imagen. A rebufo del brutal atentado, se multiplican en nuestra sociedad actitudes y discursos islamófobos, con alguna agresión incluida. A menudo asoma detrás la torva faz de grupos extremistas de derecha.
   Pero esas reacciones alcanzan también a sectores de la población que, sin simpatía por esos ultras, se dejan llevar por sentimientos primarios. No se detienen a pensar. Si así lo hicieran, verían que bombas o atropellos masivos no distinguen de culturas cuando matan. Más aún: si así es en nuestro suelo, qué no sucede en África o en Asia, donde los musulmanes damnificados por el Daesh o sus secuaces se cuentan por millares.
   Es injusto culpar de la barbarie a quienes también la padecen. Y además, peligroso. Desenfocando el objetivo –los terroristas- éste se vuelve más ilocalizable. Y al culpabilizar a toda una creencia, se pierden entre sus fieles aliados para combatirlo, tal vez se favorezca incluso que algunos, resentidos, se sumen a las filas del odio y la sinrazón.

   Hay mucho de humanidad en ese abrazo. Pero también de lección. Gracias. 

lunes, 21 de agosto de 2017

BARCELONA


Tanto dolor inútil, tanto odio buscando sangre inocente en que satisfacerse... La Edad Media irrumpe, matando, en el mundo. Con siglos de retraso, vienen a enturbiar el presente palabras olvidadas (¡infieles, impíos, cruzados!). Salen de bocas que acusan y condenan, dogmáticas y sectarias. Mentes simples determinan que en la diversidad radica el mal. En su estrechez de miras, únicamente cabe una concepción de la vida, regida por principios inamovibles; y no sólo para ellos, para todos. Cualesquiera que no sigan sus dictados son enemigos y se arriesgan a convertirse en víctimas. Tras de sí dejan un reguero de cadáveres, de heridas en el sentimiento, de desolación. Pero también de voces que, por el ancho mundo adelante, se yerguen frente a ese fanatismo y la barbarie de que se acompaña, solidarias con quienes los padecen. La mía, una más.

lunes, 14 de agosto de 2017

HAY UN BARCO RACISTA EN EL MARE NOSTRUM  (y 2)

Desconozco qué habrá sido del  C-Star, el barco tripulado por racistas que se dirigía al Mediterráneo en busca y captura de migrantes o de quienes aspiran a obtener refugio en Europa. Tal vez se le haya dado el alto, impidiéndole así continuar adelante con sus siniestros propósitos, no sé.
   Podría parecer inconcebible su existencia, por fugaz (¿?) que fuera. O sentir la tentación de considerarla una excrecencia, un tumor surgido en una sociedad sana, a extirpar y ya está. Muerto el perro, se acabaría la rabia. Pero es de temer que las cosas no sean tan sencillas. La pregunta sería cómo es posible que aparezca semejante horror en el aquí y ahora que vivimos. O, dicho de otro modo, esos individuos ¿están solos o constituyen la punta visible de un iceberg de dimensiones mucho mayores?
   Un dato poco tranquilizador: según sus propias declaraciones, los cien mil euros que necesitaban para fletar el buque los consiguieron mediante suscripción pública. O sea, que estos desalmados no se cuentan únicamente por decenas. Admitamos, sin embargo, que, aunque tengan detrás a unos cuantos miles de mentes enfermas, no pasan de ser una exigua minoría en un continente poblado por millones de personas (507 en la Unión Europea). Lo verdaderamente preocupante aparece, no obstante, si consideramos otra cuestión.  A esos indeseables les conviene, más que a nadie, la máxima que enunciara en su día Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia”.
   Dondequiera que pueda arribar una patera, se levantan vallas, se ponen en funcionamiento radares y policías, se persigue a los que lleguen, se les encierra en centros de internamiento que en poco o en nada envidian de las cárceles. Proliferan los muros que impiden la libre circulación a quienes peregrinan por nuestro continente en busca de un país que los acoja y les permita laborar por una vida mejor. Últimamente, incluso se hostiga a las ONGs que evitan muertes en el Mediterráneo.
    No nos llamemos a engaño, ni miremos hacia un único punto. Con ese caldo de cultivo, el C-Star viene a ser como la espuma de las olas cuando llegan a las playas. Una espuma sucia, desprovista de toda estética que no sea la de lo feo, porque el agua de que proviene está contaminada.

sábado, 29 de julio de 2017

HAY UN BARCO RACISTA EN EL MARE NOSTRUM

Un buque lleno de miserables se dirige al Mediterráneo, si en estos momentos no navega ya sus aguas. Va a la busca y captura de otros a quienes se podría atribuir el mismo adjetivo, si bien con contenido bien distinto. A los primeros les conviene el término en sentido ético y peyorativo, para significar su estulticia moral; a los últimos, que son los perseguidos, se les aplica ese mismo calificativo en un sentido meramente denotativo, objetivo: su miseria es material: la de la pobreza extrema o la de la guerra de las que intentan escapar. A las dificultades que enfrentan en su huida, se añadiría, de no ponérsele coto, la agresiva actuación que intentan protagonizar los que fletan o tripulan el C-Star, el barco de Defend Europe, organización que agrupa a colectivos ultraderechistas de varios países del viejo continente. Pretenden interceptar a los migrantes y devolverlos a Libia. En su punto de mira tienen también a las ONGs, cuya solidaria labor de rescate se proponen dificultar.
   Ojalá, sin dejar de ser ellos, pasasen a ser, también los otros. Si estuviese en mi mano, los haría vivir su existencia. Invocaría a los vientos para que en volandas los llevaran a Senegal, a Nigeria, a Etiopía, a Sudán. O a Siria, por ejemplo, a Siria también. Y allí los dejaría, esquivando bombas, padeciendo hambrunas, sin otro futuro que un dramático  presente.
   Quisiera ver cómo, en un intento por burlar ese destino y retornar a Europa, caen en manos de mafias desalmadas. Cómo pierden el norte en el desierto o, apretujados en la caja de algún camión desvencijado, a duras penas logran dejar atrás esas masas de arena y sol. Cómo (¡tantos cómo!), cuando alcanzan, si los alcanzan, los países que bordean el Mediterráneo, desearían volverse invisibles a la policía que los maltrata, a las bandas que los secuestran y les roban o los esclavizan.
   Me gustaría que, embarcados al fin en una frágil patera, sin más horizonte que el mar, a punto de naufragar, se encontrasen con el peor de sus desafíos, esto es, consigo mismos, con lo que eran antes de emprender este viaje terrible Que se enfrentasen a lo que son y a lo que hacen.

sábado, 22 de julio de 2017

UN ENCUENTRO EXTRAÑO

Me topé con él a media tarde de ayer, que fue viernes. Era un desconocido más en la calle. Venía sin compañía, pero hablaba. También hacía gestos, intuí que mecánicamente, como complemento espontáneo a sus palabras. Pensé que si continuaba avanzando hacia mí y yo no alteraba el sentido de mi marcha o la velocidad con que me desplazaba, muy pocos minutos tardaríamos en estar a la par.
   No era la primera vez que presenciaba cómo alguien discurseaba al vacío, sin más orejas que lo oyeran que las de viandantes ocasionales y sin que se detuviera siquiera para esperar que escucharan lo que les decía. En el pasado, se había tratado de individuos con un tipo peculiar de perturbación, que les impelía a imprecar a sus conciudadanos, ya fuera con admoniciones o con pretendidas enseñanzas, o con confesiones que no se sabía por qué habían de hacerse públicas. Recuerdo que, cuando niño, imaginaba que se dirigían a una persona invisible que caminaba a su lado y hasta es posible que llegara yo a envidiar esa capacidad para ver a quien los demás ignorábamos.
   ¿Sería éste uno de aquellos sujetos dementes de los que procurábamos mantenernos a una prudente distancia? No percibí en su expresión ni en sus ademanes signo alguno de amenaza que pudiera intimidarme, de modo que no alteré mi ánimo. Monologaba él con tal ensimismamiento que habría jurado que ni siquiera se apercibió de mi cercana existencia.
   A lo mejor es un opositor tan obsesionado por ganar la plaza a la que aspira que, olvidado del mundanal ruido de su alrededor, va cantando los temas de la programación, sacando insospechado partido a sus desplazamientos, supuse, aunque confieso que con un convencimiento escaso.
    Como no conocía al sujeto, no estaba en condiciones de descartar del todo que fuese un actor que, apremiado por el tiempo, estuviera memorizando su papel. Eso también podía ser, si se hallaba en sus cabales. Sobre todo, porque su perorar no era un continuum sin interrupciones, como si  sus intermitentes silencios subrayasen las réplicas de un antagonista en el escenario.
   Noté, entonces, y cuando ya casi estábamos a la misma altura, una vibración en el bolsillo donde guardaba habitualmente el teléfono móvil. No tuve que sacarlo, porque llevaba activado el manos libres. Enseguida me puse a hablar como al vacío. Fue una sensación extraña, la de cruzarme con otra persona, sin que nos dirigiésemos la palabra, aunque ambos, que íbamos solos, estuviésemos dialogando. 

lunes, 17 de julio de 2017

ESCENARIO SIN FRONTERAS, TEATRO SIN MÁSCARAS.


El estreno de “Un escenario sin fronteras” el pasado 8 de julio motivó la crítica de Marisa del Campo Larramendi que reproduzco a continuación. Considero que sería una pena privar a los lectores de este blog de sus valoraciones, que agradezco.
Al principio es la palabra. Abierto el telón descubrimos a hombres y mujeres dispuestos y sentados en una línea encarada al público. Entonces la narración oral se adueña del escenario. Cuentos que mecieron infancias distintas y distantes son contados al público. El cuento subsahariano con los fuertes hipopótamo y elefante perdiendo frente a la inteligente tortuga; el cuento marroquí del padre, el hijo y el burro que vayan como vayan por el camino serán criticados; el cuento español del erizo, la tortuga y la amistad como lazo que une a los diferentes y complementarios; el cuento colombiano que… pero más que cuentos subsaharianos, marroquíes, españoles o colombianos, deberíamos hablar de fábulas narradas por subsaharianos, marroquíes, españoles, colombianos. Todas estas narraciones tienen un aire de familia, ese encanto del érase una vez, esas enseñanzas para la vida que los padres y abuelos transmiten en forma de peripecias a sus hijos.
En el segundo acto las voces callan y el ojo se detiene en el movimiento y el gesto. Una ciudad cualquiera, una calle cualquiera, una hora cualquiera. La multitud pasa, cada átomo humano absorto en su mundo indiferente al resto. Personajes diversos se cruzan en la imaginaria avenida: un cura, el hombre que lee el periódico, el atareado portador de un maletín, las mujeres elegantes, el consumidor cargado de bolsas, hasta un jugador de baloncesto precedido de un fotógrafo que evidencia su fama y a quien se acerca una joven a pedir un autógrafo. Porque de pedir se trata. La música subraya los momentos en que la multitud pasa y los instantes en que el tráfago se congela. Y en ese alternar, se mueve la mano que se extiende y pide limosna, el cuerpo mendigo que nada recibe porque ni siquiera es visto. Y la multitud pasa y repasa, mientras la pobreza se desvanece sentada en la acera de cualquier calle, de cualquier ciudad, a cualquier hora.
En el tercer acto la alternancia de luz y oscuridad nos muestran la historia que una voz fuera del escenario nos va contando. Como viñetas de comic ilustrando una lección. Porque es una lección la que recibe la mujer blanca de la historia a manos del hombre negro del cuento. Sucedió en Suiza nos dice la voz: una mujer entró en un bar y pidió un tazón de sopa. El escenario, hasta entonces callado y sumido en la oscuridad completa, se ilumina y nos muestra el cuadro congelado de un camarero y una mujer pidiendo en la barra. Durante un par de segundos la imagen se clava en nuestra retina… luego la oscuridad vuelve. Retorna la palabra a la narración y nos informa que la mujer se ha sentado a una mesa. De nuevo el escenario se ilumina y podemos observar la estampa del camarero en la barra y la mujer sentada a una mesa frente a un tazón de sopa. Todo es expresión en esa inmovilidad significativa que nos ofrecen por otro par de segundos. Y la oscuridad vuelve. Y a través de este sucederse de oscuridad e instantáneas de vida iluminada se nos va contando una historia que sucedió en Suiza y que nos advierte de nuestros prejuicios dando vuelta a los tópicos.
Por último “La cruzada de los niños” de Bertolt Brecht. Unos niños encarnados por hombres y mujeres de diferentes colores, algunos de los cuales casi alcanzan los dos metros de altura. Pero eso daba igual. El pacto de ficción ya estaba firmado entre el público y el escenario sin fronteras. Mujeres hechas y derechas y hombres como castillos nos hacían vivir las peripecias de un grupo de niños y niñas, solos y perdidos en un mundo en guerra…
Porque quizás sea esto último lo más destacable de la emocionante experiencia vivida ayer en La Casa Municipal de Cultura Francisco Díez sede de la asociación Genoz de Cacicedo durante la representación de “Escenario sin fronteras”, un montaje teatral fruto de la colaboración del Proyecto Dínamo de inserción social de ACCAS y de la Agrupación Escénica Unos Cuantos: un escenario sin actores profesionales o aficionados, un teatro sin máscaras.
Y no deja de ser llamativo y aleccionador que un grupo de personas marginadas por una sociedad egoísta y opulenta, que nunca han actuado en su vida, tan solo con unos cuantos ensayos y una sabia dirección, sean capaces de sacar de sí mismos la esencia del teatro: la palabra que dice, el gesto que muestra, la expresión que define, el movimiento que cuenta. En definitiva: capaces de encarnar otras vidas, que en muchos aspectos son las suyas propias, y hacérselas ver y sentir a esa multitud hecha momentáneamente público… que por desgracia en la vida cotidiana muchas veces pasa y repasa junto a ellos sin verlos, ni reparar en que existen.
Es la magia de un escenario sin fronteras, de un teatro sin máscaras.

                        Marisa del Campo Larramendi

lunes, 10 de julio de 2017

MÁS SOBRE “UN ESCENARIO SIN FRONTERAS”

Ya está, ya hemos estrenado…
   Dirigir, contando con Isabel Tejerina como ayudante de dirección, y con el apoyo técnico de nuestra Agrupación Escénica Unos Cuantos, el colectivo que se formó en el Taller de Inserción Socio-laboral DÍNAMO ha sido una de las mejores experiencias teatrales de mi vida.
   Ensayamos, si hacía frío, en un cuarto; y si no en el espacio que deja libre una furgoneta de reparto, en el interior de una nave dedicada al reciclado y elaboración de papel ecológico. Fue avanzando nuestro trabajo actoral en medio de complicidades y risas, de dedicación y esfuerzo. Entre voces que hablan el español con acentos del África subsahariana, de Argentina, de Colombia, de Marruecos; de España, también. Qué bien suena esta armonía, forjada a partir de la diversidad.
   “Un escenario sin fronteras” es el título que hemos dado al fruto de este hermoso camino que hemos recorrido juntos. El pasado sábado, 8 de julio, el público tuvo ocasión de compartirlo. Escucharon cuentos procedentes de otras geografías, cuando no de la nuestra. Ante sus ojos, el mimo sustituyó luego al poder comunicativo de la palabra, o amplificó su fuerza, y habló de marginación y olvido, de la desconfianza que nace de los prejuicios, de la búsqueda de refugio y acogimiento.
   Y si hermoso fue representar todo ello, igualmente grato resulta leer las palabras con que los espectadores valoraron ese trabajo y esa escenificación en los folios en blanco que les entregamos al final de la actuación.
   Literalmente, nos dejaron dicho que les encantó la iniciativa, y no ahorraron adjetivos para calificarla. La tildaron de “maravillosa”, “emocionante”, “sorprendente”, “estupenda”, “fantástica”, “interesante”… Hubo quien manifestó que “mejor imposible” y de los intérpretes –que nunca antes se habían subido a un escenario- que eran unos “artistas” y que habían estado “muy expresivos”.
   Alguien escribió:
“Hemos vivido emociones. Hemos sentido, disfrutado, meditado… Habéis conseguido recrear situaciones, llegar al alma, hacernos sentir, en una palabra”. 

miércoles, 5 de julio de 2017

UN ESCENARIO SIN FRONTERAS

Ésta es una experiencia teatral única, y no por irrepetible (esperemos que a la primera actuación sigan otras), sino por quienes la protagonizan. Sus hacedores son participantes en el Taller de Inserción Socio-laboral DÍNAMO y trabajadoras del mismo. Cuentan con la colaboración de nuestra Agrupación Escénica UNOS CUANTOS: les  aportamos guiones de escenas y les prestamos dirección y apoyo técnico.
   “Un escenario sin fronteras”, se ha titulado este montaje. Y lo va a ser por su temática, pero también por sus intérpretes. Diversidad de tonos y acentos (subsaharianos y marroquíes, de Colombia y de Argentina, españoles…) conviven en un grupo que es en sí mismo un canto a la diversidad, un mundo en pequeñito.
   Nadie es más que nadie, decía Antonio Machado, y eso mismo vienen ellos a decirnos: con otras voces y una mímica que, a fuer de expresiva, se vuelve palabra.
    Si puedes, no te quedes sin escucharlos:
    En el centro cultural CASA GENOZ, Cacicedo de Camargo (Cantabria)
    Sábado 8 de julio, 8 de la tarde.
   Entrada libre hasta completar aforo.

martes, 27 de junio de 2017

MI BIBLIOTECA Y YO  (y 3)

Dos pasos adelante y uno atrás, o viceversa. Alternando avances y retrocesos, he conseguido al fin despejar mi biblioteca, que ofrece ahora un aspecto más saludable, menos apretado. Los volúmenes no se ahogan unos a otros, el espacio que los aloja parece haberse ampliado y disfrutan de una desconocida comodidad en las estanterías. Siento que me he liberado de una modalidad literaria del síndrome de Diógenes, que comparto con la mayor parte de los adictos a la lectura. Se me plantea, no obstante, un problema.
   ¿Qué hacer con los libros sobrantes? Delante de mi casa, se alinean varios contenedores. Uno de ellos se ofrece a engullir papel. Habitualmente lo alimento con periódicos o revistas y folletos publicitarios. Pero ni en la peor de mis pesadillas me veo haciéndole entrega de mis libros. Una cosa es prescindir del saber o el entretenimiento que atesoran y otra muy distinta silenciar para siempre sus páginas. Por callado que fuese su grito al ser prensados, yo lo oiría.
   Pienso que, aunque sea lejos de mí, pueden tener una segunda vida. Entonces, hasta me veo como un altruista. Conmigo, difícilmente gozarían de una oportunidad de ser abiertos de nuevo. Estarían en las baldas por lo que fueron para mí en el pasado, pero a cambio de sacrificar su futuro. Al desprenderme de ellos, voy a ponerlos delante de otros ojos. Lástima no haberlo razonado así en un principio, no me habría costado tanto extraerlos de las estanterías para no volver a colocarlos después en su sitio.
   Y aquí me tenéis: mendigando, pero de una forma original, al revés. No pido que nadie me dé, sino que me cojan lo que doy: algunos de mis libros. Se los ofrezco al último instituto donde impartí clases de buen decir y pretendí hacer de los alumnos lectores. O se los regalo a amigos que los quieran. Y descubro una librería de viejo que se queda con los que le llevo. 
   Aunque no deja de rondarme una idea que se me ha ocurrido al pronto. Imagino a centros culturales y educativos, ayuntamientos, bibliotecas que abren sus puertas a anónimos donantes de novelas, de obras dramáticas o de poemarios o ensayos, y ceden gratuitamente esos fondos sobrevenidos a quienes los requieren. Tampoco estaría mal.

jueves, 22 de junio de 2017

MI BIBLIOTECA Y YO (2)

Me embarco en el segundo intento por aligerar mis estanterías de libros. Y me hago trampas a mí mismo. Es fácil. Cuando el montón de los desechados alcanza determinadas dimensiones, les doy otra oportunidad, no sea que, por descuido, haya ido a parar allí algún volumen especialmente valioso. Vuelvo a revisarlos, y la consecuencia es que son bastantes los que retornan a su sitio en el ecosistema de la librería, que, sin ellos, no sería el mismo. En este trance, me acuerdo de Sísifo, condenado por los dioses a insistir eternamente en un esfuerzo inútil.
   Y eso que esta vez he hecho las cosas bien, o al menos mejor que en la anterior. Escarmentado por el fiasco con que se saldó mi primera tentativa, comprendí que el éxito de la tarea exigía de mí  más razón que corazón. Así que, antes de nada, me puse a pensar en las pautas con que evaluar de qué ejemplares iba a deshacerme y cuáles seguirían conmigo.    
   Sería más sencillo si sólo hubiese de atender a que me atrapase su temática o me deleitase su escritura. Ése es un principio claro, que me llevará a no prescindir nunca de “Ébano”, de Richard Kapuscinski, por ejemplo (y de tantísimos otros: me siento un poco culpable de citar sólo uno). Pero la empresa resulta mucho más ardua.
   En ocasiones, la ligazón que me une a mis libros los trasciende, va más allá de ellos, de lo que dicen o cómo lo dicen. En la jerarquía de los afectos, entran en juego distintas consideraciones. De muchos, no recuerdo cuándo ni por qué los compré, pero todos fueron fruto de una elección personal y de una circunstancia. No es que sean parte de mí, es que son yo, el yo que fui, sucesiones de mí. Y a ver quién se desprende de algo que lo configura como sí mismo, como si tal cosa.
   Claro que si continúo por ese camino, mejor lo dejo. Busco un criterio objetivo, gracias al cual, si no quedan en olvido, sí pasen a segundo plano los sentimientos. Con salvedades, me parece encontrarlo en el tamaño de la letra o en lo apretado de su disposición en las páginas, que agobian la vista de quien, como es mi caso, empieza a moverse en los límites de la senectud. Ya no podría releerlos sin la queja de mis ojos, y, de todas formas, alguna huella habrán dejado en mí, o sea que no desaparecerán del todo de mi vida.
   Otra posibilidad para la selección me la ofrecen los repetidos, publicados en diversas ediciones, que adquirí ya fuera por la calidad de sus notas o introducciones, ya por simple despiste, olvidado de que ya los tenía. Aquí el problema radica únicamente en qué ejemplar será el preferido. Y para qué guardar los maltratados por el paso del tiempo o aquellos a los que sucesivos traslados han privado de su integridad.
   Están, en fin, algunos que no me han gustado nada. Quién iba a decirme a mí que algún día me servirían de alivio…

sábado, 17 de junio de 2017

MI BIBLIOTECA Y YO (1)

Tal parece que mis libros matrimoniaran, y parieran, y se multiplicaran…
   Nada más escribir esta frase, me paro a considerar la idea y me resulta atractiva. ¿Os imagináis? El Quijote emparejado con la Odisea, el Ulises con las Mil y una noches, Luces de Bohemia y Hamlet… Esas hibridaciones, ¿trascenderían al paso de los siglos? ¿Mezclarían géneros –una novela se uniría a un poemario, una obra teatral a un libro de viajes, un ensayo a un álbum? ¿Hallarían en la semejanza temática una fuente para la mutua seducción? ¿O, por el contrario, sería la diferencia lo que atraería al uno hacia el otro?
   Aún me maravilla más pensar en el fruto literario de semejantes coyundas, que, por inescrutable, no me atrevo siquiera a bosquejar.
   Pero los sueños, sueños son; y la realidad es, en el caso de mi colapsada biblioteca, mucho más prosaica. Únicamente a mí cabe achacar la responsabilidad de que no sepa ya dónde meter tanto volumen. En mi descargo, argüiré que el advenimiento del ebook me ha pillado ya mayor y, por tanto, cuando ya había disfrutado de muchas oportunidades para ir  haciéndome con un considerable botín de letra impresa. Además como, a despecho de que se me tache de antiguo, me encanta pasar páginas, oler a imprenta, anotar márgenes cuando leo, continúan llegando nuevos ejemplares a estanterías ya atiborradas. Así que algún remedio me urgía idear para poner coto al descontrol. Y como ni comprimir los libros ni ampliar el espacio que los acoge entra dentro de mis posibilidades, he terminado por aceptar que debía proceder a un expurgo controlado que hiciera de la selva impenetrable, si no jardín, sí, al menos dehesa despejada.
   Tras demorar durante un tiempo con fútiles pretextos el inicio de la tarea, me puse, al fin, manos a la obra. “Hay algunos que son intocables”, me dije a mí mismo, para eliminar escrúpulos y darme ánimos. Y después de un examen minucioso de varias baldas llegué a la conclusión de que, por uno u otro motivo, lo eran todos. Sentí algo parecido al alivio cuando eché una ojeada a la caja de cartón destinada a los desechados y la vi vacía. Fue un consuelo pasajero. Duró tan sólo hasta que adquirí un par de novelas más y comprobé que nada había cambiado en mi biblioteca.